A finales del siglo XIX, la medicina era una disciplina diversa. La salud humana dependía de prácticas ancestrales, botánica, hidroterapia, luz solar y tratamientos naturales refinados durante siglos. Sin embargo, la llegada del siglo XX trajo consigo la mayor transformación del ámbito médico: su conversión en un modelo de negocio petroquímico y monopolizado.
Con el auge de la industria petrolera, magnates del capital como John D. Rockefeller descubrieron que las moléculas sintetizadas a partir de derivados del petróleo podían patentarse y comercializarse a gran escala. A diferencia de las plantas medicinales y los elementos de la naturaleza —imposibles de patentar—, los fármacos sintéticos ofrecían un margen de beneficio inigualable.
Para monopolizar el sector, se impulsó el Informe Flexner de 1910 a través de la Fundación Carnegie y el capital de Rockefeller. Mediante este informe, las facultades de medicina que enseñaban naturopatía, homeopatía o medicina botánica perdieron sus acreditaciones y financiación. Se financió masivamente a aquellas instituciones que reestructuraron sus planes de estudio para centrarse exclusivamente en la farmacología sintética, mientras que quienes continuaron practicando terapias tradicionales o naturales fueron sistemáticamente desacreditados o marginados del sistema.
Un tratamiento que elimina una enfermedad de raíz finaliza la relación comercial entre el paciente y el proveedor de salud. En cambio, la gestión continua de síntomas garantiza una demanda recurrente. El tratamiento sintomático asegura la compra mensual de medicamentos de por vida, mientras que el monopolio de patentes restringe el uso de alternativas biológicas no sujetas a derechos de propiedad intelectual.
La sustitución de la medicina natural no respondió a una falta de efectividad, sino a una estricta incompatibilidad con el modelo de maximización de beneficios corporativos. La salud pasó de ser un bien basado en la naturaleza a un mercado sostenido en la dependencia permanente.

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