Aún no hemos llegado a finales de octubre ni a la festividad de Todos los Santos, y la maquinaria comercial ya nos impone la Navidad. Es una auténtica perversión del sentido de cualquier celebración: en los supermercados se apilan los turrones desde hace semanas (con cadenas como Mercadona desplegando su gama Hacendado o Carrefour abriendo sus estantes de Delaviuda y Suchard en pleno septiembre), las calles se llenan de luces prematuras (con el montaje urbano iniciado en Vigo en julio y en arterias de Madrid y Barcelona en septiembre) y en los medios se cuelan ya los primeros anuncios navideños en televisión (desde la perfumería de L'Oréal o Puig hasta los juguetes de Famosa y Mattel o los sorteos de lotería). Esta prisa obsesiva por acelerar el calendario no es casual; es un mecanismo de distracción constante, una manipulación que vacía de significado las tradiciones para reducirlas a mero consumo y anestesia colectiva. Nos obligan a vivir en un bucle festivo permanente donde una celebración solapa a la siguiente sin tregua ni reflexión, diseñando una felicidad impostada para que nadie se detenga a pensar en la realidad que nos rodea. y prefabricada, la pregunta es inevitable: ¿qué hay exactamente que celebrar?
Mientras la sociedad camina narcotizada entre guirnaldas y brindis, el mapa real del país muestra una deriva alarmante. Vivimos en un entorno donde la supervisión constante y el control tecnológico se asumen con pasiva naturalidad. El despliegue de infraestructuras de seguimiento, el rastreo mediante dispositivos personales, la implantación de algoritmos de vigilancia y la pérdida paulatina de la privacidad individual no generan la menor resistencia. Al contrario: se aceptan con la resignación o la indiferencia de quien ya ha cedido su soberanía a cambio de comodidad y entretenimiento.
Esta anestesia generalizada se vuelve aún más dolorosa cuando se observa lo que sigue ocurriendo en el ámbito sanitario e institucional. No solo se ha echado un tupido velo sobre la desprotección y el trágico abandono sufridos por nuestros mayores y no tan mayores en residencias, instalaciones hospitalarias y fuera de ellas, sino que la amenaza persiste. Continúa la presión con los protocolos de vacunación, el retorno arbitrario de bozales y las restricciones sociales impuestas en cuanto les conviene o les da la gana en todos los rincones de España. La facilidad con la que la opinión pública asimila la imposición continua y pasa página ante semejante quiebra moral demuestra hasta qué punto el festejo perpetuo sirve como mecanismo de olvido y sometimiento.
Se celebran leyes de ingeniería social, se asimilan como normales decisiones éticas de enorme gravedad sobre la vida y la muerte, y se aplaude la agenda que dicta desde fuera cómo debemos vivir, producir y pensar. Todo se festeja, mientras la libertad real se encoge a diario por la puerta de atrás de la mano de una casta política e institucional española criminal y genocida en su totalidad.
Por todo ello, la llegada de la Navidad en este contexto no puede ser una fiesta más en el mercado del consumo y la complacencia. En su sentido ético más profundo, una fecha de esta naturaleza no pertenece a la multitud conformista que acata en silencio y celebra por inercia.
La Navidad solo deberían celebrarla aquellos pocos que, a lo largo de todo el año, se han rebelado y desobedecido abiertamente contra el poder; contra todos aquellos que viven de la política o tejen sus propios intereses a diario en cada pueblo, ciudad y barrio. Esa minoría que ha andado con la cabeza alta, que ha tenido la firmeza de cuestionar el dogma oficial, de desobedecer el pensamiento único y de negarse a ser un número más en el engranaje de la masa robotizada. Quienes han optado por la coherencia moral frente al aplauso fácil son los únicos con legitimidad para mirar de frente el verdadero significado de estas fechas.
Para los demás, para la inmensa mayoría que consiente, olvida y celebra cada consigna del poder, esta Navidad no debería ser motivo de festejo, sino de examen de conciencia.

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