LA CRIATURA DE FRANKENSTEIN EN SITGES. Entrevista exclusiva de Carlos Garcés.



LA CRIATURA DE FRANKENSTEIN EN SITGES.

​Entrevista exclusiva de Carlos Garcés.

(Desde un reservado VIP del Hotel Meliá, entre la penumbra elegante del salón, el terciopelo de los sofás y esa fauna singular que solo parece cobrar vida durante el Festival... o en los pasillos de la alta política).

​Cada mes de octubre espero con la misma ilusión una de las grandes citas del calendario cinematográfico mundial: el Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña, que este año está celebrando su 59.ª edición y vuelve a convertir Sitges en la capital del cine fantástico.

​Llevo muchos años asistiendo fielmente a este certamen. Pasear por los pasillos del Hotel Meliá, conversar con directores, actores y aficionados forma parte de una tradición que no cambiaría por nada. Pero Sitges tiene algo único: nunca sabes con quién te vas a cruzar.

​El año pasado tuve el privilegio de charlar bajo la luna con mi viejo amigo el Conde Drácula. Confieso que pensé que sería imposible superar una experiencia así. Me equivocaba.

​Era media tarde. Mientras afuera los pasillos y la terraza del hotel bullían con cámaras, críticos e influencers buscando su minuto de gloria, yo me retiré hacia la tranquilidad de un reservado en la zona VIP del hotel. Buscaba un momento de calma para revisar unas notas, apartado del bullicio.

​Fue entonces cuando lo vi.

​Acomodado en un amplio sofá de terciopelo verde, en un rincón reservado de luz tenue y paredes oscuras, se encontraba una figura imponente. Un hombre de presencia gigantesca, chaqueta oscura, gesto sereno y cicatrices cosidas a cordel.

​Al principio pensé que era un actor más haciendo cosplay esperando para un photocall. Pero al fijarme bien en la dignidad de su postura y en la profundidad de su mirada, vi la verdad. Era él: la auténtica criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein.

​Permanecía en silencio, observando el trasiego lejano del festival. Me armé de valor, me acerqué al reservado y me situé frente al sofá.

​—Perdone... —articulé.

​La criatura levantó la vista. Sus ojos, enmarcados por piel rehecha, denotaban una mezcla de hastío y veteranía. Me indicó con un gesto cordial que me acomodara a su lado en el sofá.

​—¿Eres Carlos Garcés? —preguntó con una voz grave, retumbante pero pulidísima—. El Conde Drácula me habló de ti. Dijo que en España solo quedaban dos clases de personas: los que roban, los que obedecen... y tú, que preguntas.

​Nos acomodamos en el elegante salón, encendí la grabadora y nos pusimos a arreglar el mundo.

​LA ENTREVISTA

​Carlos Garcés: —Permítame romper el hielo. El año pasado el Conde Drácula me confesó que se moría de hambre porque la casta política ya le había chupado la sangre a los españoles. ¿Cómo lleva usted encontrarse en un país donde parece que casi todo el mundo camina en piloto automático?

​La Criatura: —(Se encoge de hombros con un crujido metálico en el cuello). Querido Carlos, yo vine a España buscando a mis semejantes y me he quedado aterrado. Yo soy un monstruo hecho de recortes de cadáveres, ¡pero es que la mitad de la población española parece hecha de recortes de telediarios y consignas de partido! Voy por la calle y no veo personas; veo zombis con tarifa de datos. La diferencia es que a mí me costó un rayo cobrar vida, y a esta gente le ha bastado una pantalla de cinco pulgadas para perderla por completo.

​Carlos Garcés: —Una curiosidad personal... ¿suele dejarse caer cada año por el Festival de Sitges o esta visita es una excepción? ¿Cómo ve el ambiente desde su perspectiva?

​La Criatura: —(Sonríe de lado). Vengo casi todos los años. Sitges es el único lugar del mundo donde no me piden explicaciones por las cicatrices. Me mezclo entre la muchedumbre y la gente se piensa que soy una promoción de una nueva película de Hollywood o un influencer de estética radical. Me fascina el festival, pero también me da cierta risa amarga. Ver a miles de personas haciendo cola durante dos horas y pagando quince euros para pasar miedo durante noventa minutos en una sala oscura, cuando solo tienen que encender la tele al llegar a casa o mirar la declaración de la renta para vivir en una película de gore financiero gratis y a tiempo completo... es una paradoja desoladora.

​Carlos Garcés: —Aprovechando que estamos en la cuna del cine... cuénteme, ¿le gusta ver cine a nivel personal? Si entra a una sala de proyección, ¿qué género prefiere disfrutar?

​La Criatura: —(Su mirada se vuelve melancólica). Me apasiona el cine, Carlos, pero soy un clásico insalvable. Me refugio en el cine en blanco y negro, cuando la luz y las sombras contaban historias sin necesidad de tanto artificio. Disfruto profundamente del wéstern clásico, de las películas de John Ford o de Howard Hawks, donde los hombres aún sabían lo que significaba la palabra honra, el silencio y la dignidad. También me fascina el cine negro de los años cuarenta y cinuenta. El cine actual, en cambio, me da dolores de cabeza en las cicatrices: todo son cromas verdes, explosiones digitales y actores con más botox que expresión facial. Hoy se gastan trescientos millones de dólares en maquillaje y ordenadores para impresionar los ojos, pero no se gastan ni diez euros en un buen guion que encienda el corazón. ¡A mi doctor le salía mucho más barato fabricar un ser con alma que a Marvel hacer una película con argumento!

​Carlos Garcés: —Y en cuanto a los actores que le han dado vida a usted o al cine en general a lo largo de la historia... ¿con qué intérpretes clásicos o modernos siente una especial empatía?

​La Criatura: —(Dibuja una leve sonrisa de respeto). Guarda un lugar sagrado en mi memoria Boris Karloff. Nadie como él supo transmitir la inmensa soledad y el dolor inconmensurable que yo llevaba dentro sin necesidad de pronunciar apenas una palabra; tenía una mirada profundamente humana tras la máscara. Le tengo también un afecto inmenso a Christopher Lee y a la elegancia trágica de Peter Cushing. De la época dorada, siempre admiré la presencia sobria de actores como Humphrey Bogart o Robert Mitchum, tipos duros por fuera pero con un código ético inquebrantable. Y de los actores contemporáneos... me gusta la verdad con la que actúa gente como Robert De Niro o Willem Dafoe, actores de raza que no le temen a las arrugas ni a las sombras. En ellos veo a intérpretes que aún entienden que la interpretación es un arte, no un simple producto de consumo rápido.

​Carlos Garcés: —Cambiando de tercio, pero sin salir de Sitges, quería hacerle una reflexión. Llevo un tiempo sosteniendo en mi blog que al Festival de Cine de Sitges le queda poco futuro, básicamente porque hay mucho más terror fuera de las pantallas que dentro de ellas. La realidad cotidiana ha superado con creces a la ficción. ¿Coincide conmigo?

​La Criatura: —¡Totalmente, Carlos! Tienes toda la razón. El cine de terror se ha quedado obsoleto, es pura inocencia comparado con la vida real. ¿Qué asusto yo con un par de tornillos y un rugido, al lado de una factura de la luz, una inspección de Hacienda o un discurso de cualquier ministro? Los guionistas de cine fantástico sufren para inventar monstruos, mientras que en la política los crean en serie y con sueldo público. El espectador sale de ver una película de asesinos en serie y suspira aliviado... hasta que enciende el telediario en la cafetería y ve cómo le están robando el futuro. La pantalla grande ya no da miedo; el miedo de verdad te lo notifican por carta certificada o por el BOE. (Se ajusta un tornillo del cuello con la soltura de quien se recoloca el nudo de la corbata).

​Carlos Garcés: —Le veo crítico con la ciudadanía...

​La Criatura: —¡Es que es impresionante! En mi época, para mover a una turba hacían falta horcas, antorchas encendidas y un párroco gritando desde el púlpito. Hoy en España les suben los impuestos, les quitan la libertad, les roban en la cara con tres tramas de corrupción simultáneas y la turba no sale a la calle; se limita a poner un tuit indignado, bailar en TikTok y pedir que el Estado les subvencione la pataleta. ¡Ni en el laboratorio de Víctor vi un experimento de mansedumbre tan rentable!

​Carlos Garcés: —Usted está literalmente hecho de retales, remaches y restos de desguace humano. Mirando el nivel del debate público y las alianzas políticas actuales en España, ¿se siente desubicado o le parece que aquí los pactos se hacen con remiendos muy parecidos a los suyos?

​La Criatura: —(Lanza una carcajada grave que resuena en la penumbra del reservado). ¡Me siento como un sabio ilustrado! Decían que yo no tenía alma, pero es que en este país el alma parece haber sido derogada por decreto ley. Veo a los políticos mentir por la mañana, contradecirse por la tarde y culpar al de enfrente por la noche, y al pueblo aplaudiendo como focas adiestradas. La gente ya no piensa, reacciona por algorithms. A mí me ensamblaron con pedazos de muertos, pero te juro que tenía más sesos la noche que nací que la mitad del electorado español un domingo de votaciones.

​Carlos Garcés: —Le voy a contar un episodio surrealista que me ha ocurrido aquí mismo en el Hotel Meliá durante el festival: intenté pagar una consumición en el bar exterior con dinero de curso legal y se negaron a aceptarlo, pretendiendo obligarme a pagar con tarjeta o plástico. He tenido que presentar la correspondiente denuncia. ¿A usted también le han puesto pegas para pagar con billetes o le han querido imponer el pago digital?

​La Criatura: —(Lanza un resoplido de indignación que hace vibrar la cristalería del reservado). ¡A mí casi me llaman a la policía por sacar un billete de cincuenta euros! Me dijeron con total impunidad que «aquí, en el bar exterior, solo aceptamos tarjeta o pagos digitales». ¿Te das cuenta del disparate, Carlos? Un hotel de cinco estrellas saltándose la ley a la torera en la cara del cliente. Le entregan el control absoluto de su dinero a los bancos y a las plataformas tecnológicas, y encima pretenden que el ciudadano lo aplauda como si fuera modernidad. El dinero en metálico es la última trinchera de la libertad y de la privacidad individual; cuando le quitan el efectivo, le quitan a usted el control de su propia vida. Hiciste muy bien en denunciar. En mi época los bandoleros te pedían la bolsa o la vida en el camino; hoy te piden la tarjeta de crédito en la terraza del Meliá para no dejar rastro de su propia arbitrariedad.

​Carlos Garcés: —A usted le dieron la vida con un chispazo de rayo en una tormenta. Hoy la gente entra en pánico cuando caen cuatro gotas de lluvia, cuando suben medio grado las temperaturas, si se queda sin batería en el móvil o no encuentra un enchufe rápido. Con tanta Inteligencia Artificial y dependencia tecnológica, ¿cree que nos dirigimos a una sociedad de "Frankensteins" que dependen más del cargador que de la cabeza?

​La Criatura: —Peor. Se dirigen hacia un mundo de marionetas sin hilo que tiemblan con cada pitido de su teléfono. A mí mi creador me abandonó, pero al menos me dejó el beneficio de la duda. Hoy en día, les basta un pitido de alerta en la pantalla por cuatro nubes de paso para que la gente se encierre a cal y canto en casa y mire al cielo como si fuera a caer una plaga bíblica. Entregan su privacidad, su movilidad y su criterio a cambio de que un algoritmo les diga cuándo asustarse, dónde comer grillos o a qué hora encender la lavadora. Hablan de las "ciudades de 15 minutos" y de la "AGENDA 2030" como si fuera el progreso... ¡Por favor! Es una granja de consumo con cobertura 5G y wifi gratis. Les han convencido de que tragar proteína de grillo y obedecer pitidos electrónicos es de personas avanzadas. A mi doctor Víctor al menos se le ocurrían experimentos con un mínimo de dignidad; estos les hacen acatarrarse de miedo con cada notificación y encima la gente le da a "me gusta" en Instagram.

​Carlos Garcés: —Es usted duro, pero certero. Viendo cómo en la política española se reciclan cargos imputados, se resucitan carreras muertas y los chiringuitos no se destruyen sino que se transforman... ¿no siente que los políticos le han quitado a su doctor la patente del reciclaje de cadáveres?

​La Criatura: —A mí me persiguieron por ser feo por fuera. A sus gobernantes los votan por ser feos por dentro. La corrupción en España ya no es un escándalo, es un deporte nacional con patrocinadores oficiales. Lo que me fascina no es que los políticos roben —eso lo ha hecho la élite desde el Feudalismo—, sino la reacción del ciudadano: si roba "el mío", lo justifico; si roba "el otro", es alta traición. Es una sociedad infantilizada, fanática y lobotomizada. Les han quitado el dinero, el futuro a sus hijos y hasta el sentido del humor, y encima piden cita para la siguiente dosis de propaganda.

​Carlos Garcés: —Si pudiera entrar un momento en el Congreso de los Diputados o dar una lección a la sociedad española, ¿qué les diría?

​La Criatura: —Les diría que dejen de comportarse como monstruos de laboratorio. Un pueblo que no lee, que no cuestiona, que no se indigna ante la injusticia y que prefiere el confort de la mentira a la incomodidad de la verdad, es un pueblo muerto. Y créeme, de cosas muertas yo sé un rato. Les diría que apaguen las pantallas, que se miren a los ojos, que recuperen la dignidad y que dejen de regalarle el cuello a las garrapatas del poder.

​Carlos Garcés: —Para ir terminando, ¿algún mensaje para nuestro común amigo, el Conde Drácula?

​La Criatura: —(Sonríe con sorna). Dile a Drácula que no vuelva por España. Él buscaba sangre fresca para sobrevivir, pero aquí solo va a encontrar horchata, postureo y alma de esclavo. Si se despista, los políticos le montan un impuesto al colmillo, le auditan las donaciones de sangre y lo nombran Ministro de Sanidad. Que se quede en Transilvania; allí al menos los murciélagos cotizan en el régimen general.

​Carlos Garcés: —Y para cerrar esta inolvidable charla... ¿qué últimas palabras o qué consejo le daría a los españoles que están disfrutando de estos días de cine en Sitges, y también a los que están fuera, sufriendo el día a día en el resto del país?

​La Criatura: —(Se queda un segundo en silencio, mirando fijamente a la grabadora con suma gravedad). A los que están aquí en Sitges, les diría que disfruten de la ficción, pero que usen el cine para recordar que a los monstruos de verdad no se les vence comprando palomitas, sino quitándoles el mando a distancia. Y al resto de los españoles, un solo consejo: despierten. Dejen de ser figurantes en el folletín que otros han escrito para ustedes. A mí me ensamblaron en un camastro con piezas de desecho y elegí tener conciencia y pensamiento propio; ustedes nacieron libres, no se dejen empaquetar como carne de cañón con etiqueta ecológica.

​EPÍLOGO

​Desconecté la grabadora. Durante unos instantes, la penumbra del reservado quedó sumida en un silencio denso, de esos que invitan a la reflexión. La Criatura se puso en pie despacio, erguida y majestuosa en medio del salón, me miró con una hondura serena y posó su mano enorme sobre mi hombro.

​—Carlos —me dijo con voz pausada—, la verdadera libertad empieza en la pluma de quien no se deja comprar. No dejes de escribir jamás.

​Se ajustó la chaqueta oscura y caminó hacia la salida con paso firme y pausado. Lo acompañé con la mirada mientras atravesaba los pasillos del Meliá. La gente pasaba a su lado atareada, absorta en sus pequeñas urgencias, sin sospechar siquiera que acababan de cruzarse con una leyenda viva de la literatura y el cine.

​Me quedé un rato más sentado en la soledad del reservado, contemplando a través de las cristaleras cómo la luz del atardecer se apagaba lentamente sobre el Mediterráneo. Pensé en sus palabras sobre Ford, sobre Karloff, sobre la pérdida de la conciencia y el valor de la dignidad.

​Y al abandonar el hotel bajo las primeras sombras de la noche en Sitges, cuando ya se encendían los faroles del paseo marítimo, me fui con una certidumbre incontestable: en un mundo donde demasiados hombres vivos han elegido actuar como auténticos autómatas, solo los viejos monstruos de la ficción son capaces de guardarle aún un sincero respeto al alma humana.

​Carlos Garcés.
12 de octubre de 2026.











"SENATOR". Carlos Garcés.

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