En un célebre monólogo de 2006 que hoy cobra más vigencia que nunca, el periodista Jesús Quintero reflexionaba con su lucidez habitual sobre el recurso constante al miedo como herramienta de control: «Se pasan la vida metiéndonos el miedo en el cuerpo». Advertía Quintero sobre cómo se agitan continuamente fantasmas, alertas e imprevistos de todo tipo para mantener a la ciudadanía en un estado de permanente sobresalto.
El diagnóstico de "El Loco de la Colina" apuntaba al corazón del problema: una sociedad atemorizada es una sociedad manejable. Cuando el miedo se instala en la cotidianeidad, la capacidad crítica se adormece y el ciudadano cede progresivamente su libertad a cambio de una promesa de seguridad. Cualquier cambio meteorológico, cualquier fluctuación o cualquier consigna globalista o institucional termina convirtiéndose en un pretexto para justificar el alarmismo.
Esta constante apelación al pánico genera una vulnerabilidad social evidente:
- Pérdida de temple: Ante la omnipresencia de las emergencias y los relatos catastróficos, la sociedad pierde el coraje y la templanza histórica para afrontar las adversidades cotidianas.
- Dependencia del poder: El pánico induce al ciudadano a buscar protección incondicional en las autoridades, aceptando sin rechistar regulaciones, restricciones e impuestos impagables.
- Invisibilización de lo esencial: Como bien señalaba Quintero, mientras se magnifica el temor por amenazas difusas o diseñadas, se desvía la atención de las injusticias, la desigualdad y la pobreza reales que afectan el día a día de las personas.
Es momento de reflexionar sobre el rumbo que tomamos como comunidad. Rechazar el relato de la histeria colectiva no significa ignorar los problemas, sino abordarlos con madurez, temple y sentido crítico. Para no convertirse en una sociedad moldeable, la ciudadanía debe recuperar la serenidad, la valentía y el pensamiento libre rebelándose y desobedeciendo frente a quienes pretenden gobernar a través del pánico.

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