Ha concluido la 59.ª edición del Festival Internacional de Cine de Sitges, y vuelve a ser el momento de hacer un balance sincero y sin tapujos.
Estos han sido algunos de los principales premios del palmarés oficial de este año:
- Mejor Película (Sección Oficial Fantàstic): Sanguine, de Marion Le Corroller.
- Premio Especial del Jurado: Drag, de Greg Yagolnitzer y Raviv Ullman.
- Mejor Dirección: Joko Anwar por Ghost in the Cell.
- Mejor Interpretación Femenina: Jasmine Trinca por The Spiral.
- Mejor Interpretación Masculina: Benoît Magimel por Historias de la noche.
- Mejor Guion: Casper Kelly y Jamie King por Buddy.
- Premio del Público (Gran Premio La Vanguardia): Wildwood, de Travis Knight.
La afluencia de público ha sido de nuevo masiva y los focos mediáticos han vuelto a brillar con la visita de grandes nombres internacionales y nacionales. Figuras como Danny DeVito, Kevin Bacon, Kyra Sedgwick, Amy Irving o la mítica Meiko Kaji han paseado por la alfombra roja, junto a homenajes patrios como el rendido a Bárbara Rey o la presencia de Alejandro Amenábar celebrando los 30 años de Tesis.
En lo cuantitativo, el certamen sigue funcionando como una maquinaria perfecta de ingresos, glamour y cifras de taquilla. Sin embargo, en lo cualitativo y en el trasfondo de lo que allí se respira, las conclusiones vuelven a ser agridulces.
Un año más, no han faltado en las proyecciones y discursos los inevitables adoctrinamientos de turno: mensajes subliminales (y a veces nada disimulados) alineados con la criminal y genocida AGENDA 2030, el alarmismo sobre el cambio climático y toda esa indecente carga ideológica globalista a la que nos tienen acostumbrados. Como tampoco ha faltado la habitual comparsa de políticos de todas las administraciones —desde el ámbito municipal hasta el autonómico y estatal— acudiendo puntuales a la foto oficial y a figurar en la fila cero, muy lejos de las verdaderas inquietudes del ciudadano de a pie.
Pero si algo ha enturbiado y marcado esta edición de 2026, ha sido la vergonzosa actitud de una de las sedes principales del certamen: el Hotel Melià de Sitges. Resulta inadmisible que un establecimiento de este calibre pretendiera imponer el veto ilegal al dinero en efectivo en su bar temporal, pisoteando los Derechos fundamentales de los consumidores y saltándose la legislación vigente a la vista de todos. Una falta de respeto que demuestra hasta qué punto algunas corporaciones se creen por encima de la ley cuando están amparadas por el escaparate de un gran evento.

Comentarios
Publicar un comentario