EL NEGOCIO DE MOVER LA PORTERÍA: CÓMO ENFERMAR A PERSONAS SANAS A GOLPES DE PROTOCOLO. Por Carlos Garcés.
Durante décadas, la medicina se fundamentó en una premisa elemental: tratar al enfermo para devolverle la salud. Sin embargo, en el último cuarto de siglo, el modelo sanitario ha sufrido un giro radical. Hoy el objetivo prioritario ya no parece ser sanar la patología existente, sino intervenir preventivamente en el individuo sano a través del control de riesgo. Para lograrlo, los organismos internacionales y las grandes sociedades médicas han recurrido a una estrategia constante: reducir los umbrales de la normalidad biológica. Redefiniendo qué significa estar enfermo, millones de personas despiertan cada día convertidas en pacientes crónicos sin haber presentado jamás un solo síntoma.
1. La presión arterial: la degradación del rango fisiológico y la paradoja territorial
El caso de la tensión arterial es paradigmático. Tradicionalmente, cifras inferiores a 140/90 mmHg se consideraban indicadores de buen estado de salud cardiovascular en adultos. Sin embargo, en 2017, la American Heart Association (AHA) modificó la clasificación, situando el umbral de presión "elevada" a partir de 120 mmHg y diagnosticando "hipertensión en Etapa 1" desde los 130/80 mmHg.
Tabla comparativa de valores de presión arterial:
- Nivel Sistólico: < 120 mmHg | Categoría Histórica: Óptima | Categoría Reclasificada (AHA): Normal
- Nivel Sistólico: 120 – 129 mmHg | Categoría Histórica: Normal | Categoría Reclasificada (AHA): "Elevada" (Alarma preventiva)
- Nivel Sistólico: 130 – 139 mmHg | Categoría Histórica: Normal-Alta | Categoría Reclasificada (AHA): "Hipertensión Etapa 1"
- Nivel Sistólico: ≥ 140 mmHg | Categoría Histórica: Hipertensión | Categoría Reclasificada (AHA): Hipertensión Etapa 2
Este reajuste convirtió de la noche a la mañana a cerca del 46% de la población adulta estadounidense en hipertensa. Pero el absurdo alcanza cotas rocambolescas cuando se observa la propia fragmentación dentro de Estados Unidos: según el estado, la red hospitalaria o el sistema de salud al que pertenezca un profesional, los criterios aplicados varían drásticamente. Mientras algunas sociedades médicas estatales o redes de atención primaria han rechazado o matizado la guía de 2017 por considerar que hipermedica a la población, otras aplican a rajatabla el umbral de 130 mmHg. El resultado es escandaloso: una persona puede cruzar la frontera entre dos estados vecinos dentro del mismo país y pasar de estar legalmente sana a ser diagnosticada como enferma crónica en cuestión de kilómetros, únicamente por el baile de criterios de la entidad médica local.
2. El colesterol: la carrera sin fin hacia el cero absoluto
El manejo del colesterol LDL (popularmente conocido como "colesterol malo") muestra una dinámica similar. A finales del siglo XX, un nivel de LDL inferior a 130 mg/dL se consideraba totalmente aceptable para el perfil general. Con las sucesivas revisiones de las guías europeas y estadounidenses, los valores objetivo para pacientes catalogados de "alto riesgo" o "muy alto riesgo" descendieron progresivamente a 100 mg/dL, luego a 70 mg/dL y, en las normativas recientes, a 55 mg/dL o incluso inferiores.
- Saturación farmacológica: Alcanzar cifras tan drásticamente bajas mediante medidas dietéticas o físicas es prácticamente imposible para la biología humana estándar, lo que obliga al uso sistemático de estatinas y de inhibidores de PCSK9 de alto coste.
- Conflicto conceptual: Se trata como patógeno a una molécula lipídica esencial para la síntesis hormonal, la estructura celular y la función cerebral, reduciendo un indicador biológico complejo a un mero objetivo comercial.
3. La glucosa y la prediabetes: la institucionalización del "pre-enfermo"
La creación del diagnóstico de prediabetes representa la máxima expresión de la medicalización preventiva. En 2003, la American Diabetes Association (ADA) bajó el límite de la glucemia en ayunas normal de 110 mg/dL a 100 mg/dL.
Al situar el umbral entre 100 y 125 mg/dL, una franja enorme de la población mundial ingresó automáticamente en la categoría de "pre-diabéticos". Diversos comités independientes y epidemiólogos han señalado que la gran mayoría de las personas etiquetadas como prediabéticas nunca desarrollarán diabetes clínica; sin embargo, el diagnóstico fomenta la medicalización preventiva y el seguimiento analítico permanente.
Mecanismos de control e impacto social
El despliegue de esta arquitectura normativa no responde únicamente a criterios estrictamente clínicos, sino a una compleja red de incentivos institucionales y económicos:
- Financiación de la investigación y guías clínicas: Los comités de expertos encargados de redactar las guías de práctica médica suelen mantener estrechos vínculos financieros con la industria farmacéutica, creando un claro conflicto de interés al fijar los parámetros diagnósticos.
- Cultura del miedo y la dependencia: El diagnóstico preventivo sustituye la percepción individual de salud por la dependencia del dictamen analítico. La persona sana pasa a vivir bajo la amenaza constante de la estadística.
- Control institucional y agendas criminales globalistas: La estandarización de criterios biométricos se alinea con modelos de gobernanza global que priorizan la intervención masiva, la monitorización continua de la población y el consumo de recursos farmacológicos por encima de la soberanía individual sobre el propio cuerpo.
La individualidad biológica frente al terrorismo del miedo
Por encima de cualquier algoritmo o tabla estandarizada, la realidad médica irrefutable es que no todos los cuerpos son iguales y cada persona es un mundo único. Intentar encajonar la infinita variabilidad de la biología humana en unos márgenes numéricos idénticos para todo el planeta es una aberración antinatural. La genética, la constitución personal, el ritmo de vida y el contexto individual dictan que lo que para una persona es un parámetro óptimo, para otra sea simplemente su equilibrio natural.
Hay que dejarse de tantas tonterías, de tanta imposición matemática y, sobre todo, de tanto miedo infundado. La medicina moderna olvida con frecuencia una máxima fundamental: las enfermedades empiezan en la mente y luego se somatizan en el cuerpo. Someter a la gente a un estado constante de alerta, ansiedad e inseguridad ante una analítica de sangre o un tensiómetro es, en sí mismo, la mayor fuente de enfermedad. Al infundir miedo constante, la propia sanidad termina generando el estrés y los síntomas que dice querer prevenir. Recuperar la tranquilidad, la calma y la confianza en la propia salud individual es el primer y más eficaz remedio contra este sistema de control.

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