CAFÉ CON PULGAS: LA CAPITULACIÓN DE LA HIGIENE PÚBLICA. Por Carlos Garcés.



CAFÉ CON PULGAS: LA CAPITULACIÓN DE LA HIGIENE PÚBLICA. Por Carlos Garcés.

​Hay escenas cotidianas que funcionan como el termómetro más preciso del estado de una sociedad. Bastan unos minutos en la terraza o en el salón de cualquier cafetería de cierto empaque para presenciar un espectáculo que, hasta hace bien poco, habría resultado impensable: perros acomodados junto a las mesas, sacudiéndose sobre el suelo del local, apoyando el hocico a centímetros de los servicios de mesa o de las sillas donde se sentará el siguiente cliente. Lo que las modas comerciales insisten en bautizar con el anglicismo pet-friendly no es más que la quiebra de una norma elemental de convivencia y salubridad. Bajo la apariencia de una modernidad tolerante, lo que se está consagrando es una evidente relajación de los estándares sanitarios y una profunda falta de consideración hacia los demás.

​Un establecimiento de hostelería es un entorno reservado a la manipulación y al consumo de alimentos. Durante décadas, la normativa sanitaria se fundamentó en un principio indiscutible: separar el ámbito de la fauna del ámbito del plato. La razón no obedecía a un capricho estético, sino a la microbiología básica. Por muy vacunado, cepillado o mimado que esté un animal de compañía, su presencia en un espacio cerrado donde se sirve comida entraña riesgos biológicos evidentes. El pelaje dispersa partículas y alérgenos en el aire; las patas han recorrido instantes antes el asfalto y las aceras de la vía pública; y su saliva constituye un vehículo natural de bacterias. Permitir que estos factores entren en contacto directo con el mobiliario de una cafetería representa un retroceso manifiesto en la protección del consumidor.

​El colmo de esta deriva se observa cuando el propio personal del establecimiento se convierte en parte del problema. Es cada vez más habitual contemplar a camareros que se acercan a acariciar a los perros, a regalarles muestras de afecto o a servirles recipientes y cuencos con agua en el mismo recinto donde se sirve a las personas. Que las manos que instantes después van a entregar una taza, manipular un cubierto o servir un plato hayan estado en contacto directo con el pelo o la saliva de un animal —sin una desinfección rigurosa e inmediata de por medio— constituye un atropello directo a la manipulación básica de alimentos. Cuando la hostelería confunde la hospitalidad con la negligencia profesional, el cliente deja de ser el centro de la atención para convertirse en un mero espectador de la concesión.

​El problema desborda lo meramente bacteriológico para adentrarse en el terreno de las costumbres. Asistimos a una progresiva confusión entre el espacio privado y el espacio público. Quien introduce a su mascota en un bar impone al resto de los presentes sus particulares gustos y afectos, ignorando el derecho de los demás a tomar un café sin soportar olores, ruidos, pelos flotando o la simple incomodidad de un animal rondando sus pies. Hay en esta conducta una doble desnaturalización: la del propio animal, a quien se somete al estrés de entornos ruidosos e inadecuados para su especie; y la del ciudadano, a quien se exige asumir como "normal" una degradación evidente del entorno donde se relaciona con sus semejantes.

​La permisividad de los establecimientos —que a menudo anteponen la captación de un perfil de cliente a la preservación de la pulcritud— es reflejo de un fenómeno más amplio. Cuando una sociedad empieza a considerar prescindibles las normas más elementales de etiqueta, higiene y respeto mutuo, el resultado no es un avance cultural, sino un claro empobrecimiento de la calidad de vida urbana. Recuperar el sentido común en el espacio público no es una cuestión de intolerancia hacia los animales, a los que hay que respetar en su entorno natural, sino de restituir el respeto debido al ser humano. La mesa de comer y la taza de café pertenecen a la esfera de la pulcritud; confundir el salón de un café con un parque canino es, en definitiva, abdicar de la cultura de la excelencia que debiera caracterizar a nuestra sociedad.

Carlos Garcés
8 de octubre de 2026.









"SENATOR". Carlos Garcés.

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