POR QUÉ LOS POLÍTICOS NO SON TUS EMPLEADOS (Y QUÉ SON EN REALIDAD). Por Carlos Garcés.

 


POR QUÉ LOS POLÍTICOS NO SON TUS EMPLEADOS (Y QUÉ SON EN REALIDAD). Por Carlos Garcés.

​Persiste en la opinión pública un mito anestésico, repetido como un mantra por quienes aún confían en que las instituciones son rescatables: la peregrina idea de que «los políticos son nuestros empleados porque cobran de nuestros impuestos». Es una trampa narrativa colosal. Tratar a la casta partidista de «servidora pública» no es solo una ingenuidad suicida; es validar el propio engaño que la mantiene en el poder.

​A un empleado se le contrata bajo unas condiciones claras, se le exige rendimiento, se le sanciona si perjudica a la empresa y se le despide de inmediato si roba o miente. Nada de esto sucede en la partidocracia actual. Pretender que el mandatario responde ante el ciudadano es ignorar la naturaleza misma del régimen.

​Los políticos no son tus empleados por razones estructurales evidentes:

  • ​Monopolio de la coacción: Un empleado no te impone normas bajo amenaza de embargo, no decide arbitrariamente en qué debes gastar el fruto de tu trabajo ni te arrebata derechos fundamentales. El político ostenta la fuerza del Estado, no una relación contractual de servicio.
  • ​Absoluta irresponsabilidad penal y civil: Si un gestor privado arruina una compañía, responde con su patrimonio o acaba en los tribunales. El político arruina a generaciones enteras, destruye el tejido productivo e incrementa la deuda pública, y su único «castigo» es una puerta giratoria, una consejería o un escaño blindado en Bruselas.
  • ​Lealtad a las élites, no al pagador: El político no trabaja para el contribuyente que le paga el sueldo, sino para los organismos transnacionales, la Agenda 2030 y las estructuras de partido que financian su carrera y le garantizan el futuro. El ciudadano es únicamente el recurso a esquilmar.

​Si no son empleados, ¿qué son en realidad?

​Son los capataces de la finca. El régimen partidista ha diseñado un sistema de dominación donde las siglas no son más que distintas caras de la misma franquicia. Su función no es gestionar el bien común, sino administrar la extracción de riqueza, garantizar la docilidad social mediante la ingeniería cultural y ejecutar sin pestañear los dictados del globalismo.

​El circo electoral es el decorado perfecto: la trampa psicológica pensada para que el siervo crea que, al depositar un papel en una urna cada cuatro años, está «eligiendo» a su plantilla directiva, cuando en realidad solo está decidiendo a qué capataz le entrega el látigo.

​Seguir exigiéndoles que «respondan ante el pueblo» o pedirles «transparencia» es seguir jugando en su tablero. Al capataz no se le pide que sea amable ni se le exige que trabaje mejor: se le despoja de toda autoridad moral, se le niega la obediencia y se rompe con la estructura que lo sostiene. La libertad no empieza regenerando el sistema, sino dejando de ser un esclavo complaciente.

Carlos Garcés.
10 de septiembre de 2026.









"SENATOR". Carlos Garcés.

Comentarios