LA ILUSIÓN DEL DATO PERFECTO: LÍMITES Y PELIGROS del ADN EN LA JUSTICIA. Por Carlos Garcés.


LA ILUSIÓN DEL DATO PERFECTO: LÍMITES Y PELIGROS del ADN EN LA JUSTICIA. Por Carlos Garcés.

Hace ya medio siglo, cuando me formaba en las aulas de Criminología y Penología, el análisis genético no era más que ciencia ficción. Por aquel entonces, la investigación criminal dependía estrictamente de la deducción, el análisis del escenario, el estudio del comportamiento humano y el respeto escrupuloso a las garantías procesales. Aprendimos entonces axiomas jurídicos sagrados sobre los que se cimentó el Estado de Derecho: el in dubio pro reo —la duda siempre en beneficio del acusado— y aquella máxima imperecedera que sostiene que más vale tener a mil culpables en libertad que a un solo inocente entre rejas.

​Hoy en día, como observador constante de la actualidad criminal y aficionado al seguimiento de casos judiciales, constato con preocupación cómo aquellos principios garantistas corren el riesgo de ser sepultados por una fe ciega en la tecnología. Recientemente, al analizar diversos documentales sobre homicidios resueltos en Estados Unidos tres o cuatro décadas después de haberse cometido gracias a coincidencias genéticas, resulta inevitable plantearse una pregunta crucial: ¿hasta qué punto la mera presencia de ADN demuestra, por sí sola, la culpabilidad de un ser humano?

​No se trata de negar el innegable valor de la ciencia forense ni el avance extraordinario que la genética ha supuesto para esclarecer delitos. Se trata de recordar algo elemental: una cosa es identificar a una persona y otra muy distinta demostrar que cometió un delito.

​Durante años se nos ha vendido que el ADN es la «prueba reina». Para gran parte de la opinión pública, si el perfil genético de alguien aparece en la escena de un crimen, el caso queda resuelto automáticamente. Esta premisa ignora la realidad biológica y técnica actual. Con el desarrollo del Touch DNA (ADN por contacto), los laboratorios ya no necesitan fluidos o manchas visibles; identifican depósitos infinitesimales e invisibles. Pero esta precisión ha abierto la puerta a la transferencia secundaria e indirecta: el ADN viaja solo. Un rastro genético puede depositarse en una escena por un contacto casual previo, una relación previa consentida, un estrechamiento de manos o a través de terceros.

​El caso de Lukis Anderson en California (2012) constituye un aviso escalofriante. Tras el asesinato de un empresario en su mansión, el ADN de Anderson fue hallado bajo las uñas de la víctima. La coincidencia era del cien por cien. Sin embargo, Anderson se encontraba ingresado en un hospital, inconsciente y bajo supervisión médica, en el momento exacto del crimen. ¿La explicación? Los paramédicos que lo atendieron en el hospital acudieron horas después a la escena del homicidio; sus propios guantes o instrumental actuaron como vehículo transmisor, llevando el ADN de un inocente hasta el cuerpo de la víctima. Si Anderson no hubiera tenido una coartada médica imborrable, habría afrontado una condena a pena de muerte apoyada en una prueba «irrefutable».

​El prestigio del ADN no lo convierte en una prueba sagrada. Como cualquier evidencia, debe ser obtenida, conservada y analizada con garantías absolutas. Una simple contaminación en la cadena de custodia o una mala interpretación en mezclas complejas de ADN degradado pueden inducir a errores irreparables. El célebre caso del «Fantasma de Heilbronn» lo demostró: durante más de quince años, la policía de tres países europeos buscó a una supuesta asesina en serie cuyo ADN aparecía en decenas de escenarios criminales. La criminal jamás existió; el ADN pertenecía a una trabajadora de la fábrica en Polonia que empaquetaba los bastoncillos de algodón que la propia policía usaba para recoger las muestras. Los hisopos estaban esterilizados para bacterias, pero no libres de ADN humano.

​Cuando la policía obtiene una coincidencia en una base de datos (cold hit), suele desencadenarse un peligroso sesgo de confirmación. La investigación tiende a cerrarse sobre ese sujeto, descartando otras líneas de indagación, testimonios o incoherencias temporales. Se olvida así que el ADN carece de reloj, de intencionalidad y de contexto moral. La ciencia identifica; no juzga. El ADN indica quién estuvo relacionado con una muestra biológica, pero jamás explica cuándo ocurrió, en qué circunstancias se produjo ni si existió intencionalidad delictiva.

​A esta vulnerabilidad técnica se suma un peligro aún más silencioso y profundo: la progresiva invasión de la intimidad ciudadana mediante la creación de bases de datos genéticas masivas. A diferencia de una huella dactilar, que solo sirve para identificar, la huella genética almacena el mapa biológico completo de un ser humano, sus predisposiciones médicas, su origen étnico y sus lazos familiares. La proliferación de estos bancos de datos policiales, alimentados en muchos casos por registros indiscriminados o por el rastreo indirecto de familiares que jamás han cometido un delito, transforma a la sociedad en una masa de sospechosos preventivos. Cuando el Estado se atribuye el derecho de archivar y vigilar el código biológico de sus ciudadanos, vulnera el principio de proporcionalidad y convierte el cuerpo humano en una prueba en potencia contra sí mismo.

​La verdadera fortaleza de un sistema judicial no reside en convertir un informe de laboratorio en un fallo supremo incuestionable ni en someter la privacidad al control biométrico, sino en mantener intactos los principios fundamentales: la presunción de inocencia, el derecho a la defensa y la valoración conjunta de la totalidad de las pruebas (testimonios, reconstrucciones, coartadas y lógica deductiva). La tecnología continuará ofreciendo herramientas cada vez más sofisticadas. Sin embargo, ninguna máquina ni análisis de laboratorio podrá sustituir jamás la prudencia, el análisis sereno y el sentido crítico que exige la noble tarea de juzgar a un semejante. Porque la verdadera Justicia no consiste únicamente en perseguir y condenar al culpable; consiste, por encima de todo, en evitar la atrocidad de que un inocente sea condenado.

Carlos Garcés.
2 de septiembre de 2026.










"SENATOR". Carlos Garcés.
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