LA EXALTACIÓN DE LO MEDIOCRE: POR QUÉ COINCIDO CON ANTONIO GALA. Por Carlos Garcés.
Hay entrevistas que no envejecen, sino que ganan solera y lucidez con el paso de los años. Una de ellas es el memorable diálogo entre Antonio Gala y ese maestro de las distancias cortas y los silencios que fue Jesús Quintero, «El Loco de la Colina». En aquel plató de atmósfera íntima, Gala dejó ir una de sus reflexiones más punzantes y certeras sobre el devenir de la cultura contemporánea.
Con su elegancia característica y sin andarse con rodeos, el escritor cordobés definió el fenómeno sin contemplaciones: «La posmodernidad nos inundó de reiteraciones, de repeticiones ilimitadas... es un arte hecho y una vida hecha con despojos de otra vida y de otro arte».
Escuchar esas palabras hoy no solo genera un asentimiento inmediato, sino una punzada de vigencia incómoda.
La metáfora de las bag ladies
Ante la mirada atenta de Quintero, Gala comparó la posmodernidad con esas bag ladies, las personas sin hogar de las grandes urbes que caminan arrastrando todo lo que poseen, hurgando en los cubos de basura entre desperdicios y fragmentos de un pasado que quizás fue más hermoso. Es una metáfora magistral para describir una época que renunció a la verdadera creación para dedicarse a reciclar, parodiar y desguazar lo que otros erigieron antes.
En lugar de búsqueda, trabajo riguroso y vocación auténtica, la posmodernidad instaló el «vago ingenio» y la burla hacia lo trascendente. Sustituyó la profundidad por el puro envoltorio. Como bien denunciaba el autor, la producción cultural posmoderna funciona como el producto de una fábrica que por fuera encandila con un envoltorio vistoso, pero cuyo interior alberga el vacío.
El consuelo de la mediocridad compartida
Uno de los puntos más agudos del diagnóstico que escuchamos en aquella conversación con «El Loco de la Colina» es la razón del triunfo de este modelo: el consuelo mutuo.
Al nivelarlo todo hacia abajo, al decretar que nada tiene un significado profundo y que ninguna obra exige más mérito que otra, la posmodernidad nos vendió una falsa democratización. «Todos somos iguales, de la misma estatura, bajitos todos», expresaba Gala. Y ese vacío propio encuentra refugio y acomodo en el vacío ajeno. Si la exigencia desaparece y el rigor se disuelve, nadie tiene que esforzarse.
En el mundo actual vemos la hipertrofia de este diagnóstico:
- La proliferación de contenidos efímeros y repetitivos impulsados por la tecnología y los medios masivos.
- La mercantilización del «todos somos artistas», donde la pura mercadotecnia sustituye al proceso de búsqueda y creación.
- La exaltación de la inmediatez sobre la obra meditada y bien hecha.
Recuperar el valor del esfuerzo y la creación.
Antonio Gala lo resumió ante Jesús Quintero de forma impecable: «El arte y la vida son el producto de un esfuerzo, de un trabajo, de una búsqueda, de una creación. Nada se nos da de balde».
Estar en contra de la posmodernidad no es una postura de simple nostalgia ni un rechazo a la tecnología. Es, por el contrario, la reivindicación del rigor, de la belleza fundamentada y de las metas elevadas. Es el rechazo frontal a aceptar «la exaltación de lo mediocre» como norma.
Frente a una época que celebra el envoltorio brillante y hueco, rescatar la exigencia de la creación y la profundidad vital sigue siendo el acto más necesario y revolucionario.
Carlos Garcés.
22 de septiembre de 2026.
"SENATOR". Carlos Garcés.
https://senatorcarlos.blogspot.com/?m=1

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