EL CRUCIFIJO DE TIERNO GALVÁN: LA URGENTE NECESIDAD DE LA VERDADERA ÉTICA Y EL RESPETO. Por Carlos Garcés.
En estos tiempos de polarización extrema, dogmatismo ideológico y pérdida de referentes morales, conviene volver la vista atrás para rescatar gestos y figuras que encarnaban la verdadera altura intelectual y humana. Una de las lecciones más memorables nos la dejó Don Enrique Tierno Galván, el "Viejo Profesor", al tomar posesión como alcalde de Madrid en 1979.
Cuentan que, mientras preparaban y limpiaban el despacho de su predecesor para su llegada, un empleado se disponía a retirar el crucifijo que presidía la mesa de la alcaldía. Don Enrique, hombre profundamente agnóstico, culto y de convicciones laicas impecables, se dirigió a él y le dijo: «Ese crucifijo déjalo en la mesa, porque representa a un hombre que entregó su vida por todos nosotros».
Catedrático de Derecho Constitucional, Teoría del Estado y Sistemas Políticos Contemporáneos, Don Enrique fue un verdadero referente intelectual en nuestra historia reciente. Yo mismo estudié en mi etapa universitaria con sus libros de texto que hoy conservo, aprendiendo de su rigor conceptual y su profunda visión del Estado y de la política.
Por eso, en aquella frase sencilla sobre el crucifijo no había sometimiento clerical ni concesión a ninguna institución eclesiástica. Había algo mucho más profundo y propio de una mente ilustrada: respeto, cultura y un sentido ético universal. Tierno Galván entendió lo que hoy tantos parecen haber olvidado: que se puede ser agnóstico o ateo y, al mismo tiempo, reconocer y respetar los valores esenciales del cristianismo —el amor al prójimo, el sacrificio por el débil, la dignidad del Ser Humano y la búsqueda de la justicia—.
Esos valores no son propiedad ni monopolio de ninguna estructura religiosa ni de ningún estamento sacerdotal. Son principios de civilización que han vertebrado lo mejor de nuestra sociedad. Lo que hoy necesita con urgencia España y el mundo es precisamente ese espíritu: la capacidad de encontrarnos en lo que nos dignifica como Seres Humanos, sin caer en la intolerancia, la secta o el pensamiento único.
En el terreno de las convicciones morales, a menudo caemos en el error de pensar que la defensa de ciertos valores fundamentales solo es posible desde una postura de fe religiosa. Durante mucho tiempo, reconozco que yo mismo pensé que la oposición a prácticas como el aborto o la eutanasia era una postura exclusiva de los creyentes. Sin embargo, la realidad y la vida me han enseñado lo contrario. A lo largo de los años he conocido personalmente a hombres y mujeres profundamente ateos y agnósticos que se oponen de forma categórica al aborto y a la eutanasia. Y lo hacen apoyándose estrictamente en criterios éticos, biológicos, filosóficos y de derechos humanos: en la convicción racional de que toda vida humana es SAGRADA desde su origen hasta su fin natural y que la protección del indefenso es el primer deber de una sociedad civilizada.
Para defender que no se debe poner fin a una vida humana no hace falta rezar ni someterse al dogma de una iglesia; basta con tener conciencia, humanidad y respeto por la ley natural.
El gesto de Tierno Galván con el crucifijo nos recuerda que la verdadera libertad y la verdadera tolerancia no consisten en borrar o destruir nuestros referentes culturales e históricos, ni en despreciar la ética para imponer un relativismo vacío. Consisten en mantener la firmeza de los principios y la elevación del debate mostrando en todo momento la VERDAD sin importar de dónde venga.
Ese es el espíritu que debería reinar en nuestra sociedad: uno donde creyentes, agnósticos y ateos de bien sepan estrechar la mano en torno a la VERDAD, la razón y la defensa innegociable de la vida y la dignidad humana.

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