Un pueblo que olvida o permite quemar la cuna de sus reyes y el sagrario de su memoria no está sufriendo un desastre natural; está presenciando su propio suicidio cultural.
Nací en Barcelona, pero por mis venas corre la sangre pura de Huesca, la tierra de mi padre y de toda mi estirpe. Mis antepasados descansan en San Juan de la Peña, en una línea directa que emana de los primeros reyes de Navarra y Aragón, lugar donde he ido muchas veces y tengo bellos recuerdos. Por eso, el incendio que ha cercado este sagrado enclave no es para mí una noticia distante: es un golpe sangrante a la memoria de mi propia familia. Ver las llamas rozar la roca milenaria que cobija a mis mayores y contemplar cómo se evacuaban in extremis sus restos reales no es una simple crónica de sucesos: es un golpe directo a nuestras raíces más sagradas.
No hay azar en este desastre. Estamos ante el síntoma definitivo de una tierra acorralada por la barbarie, la desidia y la impunidad. Resulta estremecedor comprobar cómo la locura criminal o la negligencia son capaces de poner en jaque más de mil años de civilización en cuestión de horas.
Cuestionemos las cosas por su nombre: los incendios que asolan nuestros montes y amenazan nuestro patrimonio rara vez son accidentes fortuitos. Son, en su inmensa mayoría, el fruto amargo de la mano criminal y de un abandono sistemático.
- Montes abandonados: Una gestión territorial atrapada en despachos que ignora la prevención real y el cuidado del entorno durante todo el año.
- Leyes tibias: Un marco penal donde calcinar el patrimonio natural e histórico sale ridículamente barato.
- Desprecio por la memoria: La indiferencia de un país que ha olvidado el peso de la historia que pisa.
Que hayamos tenido que ver la cuna espiritual de Aragón y Navarra a punto de convertirse en ceniza no es un "accidente del verano". Es la demostración de lo frágil que se vuelve una nación cuando descuida sus raíces.
Frente a la quema de nuestro entorno y de nuestra historia, no caben las medias tintas ni los paños calientes. La culpa no es abstracta; tiene responsables muy concretos a ambos lados del espejo:
Aquí no se salva nadie. Señalo a absolutamente TODOS LOS PARTIDOS POLÍTICOS sin excepción alguna, desde VOX hasta PODEMOS, pasando por el PP, el PSOE y TODA la comparsa parlamentaria. Todos están a sueldo y al servicio de la criminal y genocida AGENDA 2030, más preocupados por sus indecentes intereses y relatos ideológicos que por proteger el suelo que pisan. Y señalo también a ese 99,5% de la población española: CORRUPTA, BORREGA, IDIOTIZADA y hecha de MANTEQUILLA, incapaz de reaccionar, de indignarse o de defender lo suyo mientras contempla en silencio su propia destrucción.
San Juan de la Peña resistirá bajo su roca milenaria como ha hecho durante siglos, pero el aviso es definitivo. Por la vida solo hay un modo de andar: erguido, con la verdad por delante y denunciando a los culpables, tengan las siglas que tengan o se escondan en la comodidad del rebaño.

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