LA VIDA INVIOLABLE: MÁS ALLÁ DE LA ARITMÉTICA DEL TIEMPO. Por Carlos Garcés.
Existe una costumbre social muy arraigada de juzgar la existencia humana mediante una aritmética superficial y reduccionista. A menudo se encasilla el valor de estar vivo en una simple suma o resta de años, despojando a la vida de su verdadera sustancia, de su dignidad intrínseca y de su sentido más elevado.
Por un lado, escuchamos la ligereza con la que se asume que llegar a cierta edad equivale a haber completado un cupo, como si el mero hecho de acumular decenios restara legitimidad al deseo inalienable de seguir respirando, sintiendo y descubriendo. Decir que alguien «ya ha vivido» o pretendidos argumentos para justificar el deseo de morir basándose en la vejez son auténticas barbaridades. Es un error profundo que confunde el desgaste natural del envoltorio físico con el agotamiento del alma humana. Mientras exista la capacidad de contemplar un amanecer, de emocionarse con una melodía o de sentir la calidez del sol, la vida permanece plena y respetable.
Por otro lado, tropezamos con el cliché opuesto pero igualmente desacertado de lamentar la marcha de quien parte temprano bajo la consabida frase de «qué pena, con toda una vida por delante». Esta expresión encierra una trampa conceptual: da por sentado que el futuro es una propiedad garantizada y no un regalo efímero e incierto. Nadie tiene «toda una vida por delante»; lo único que cualquier ser humano posee con absoluta certeza es el instante presente que está transitando.
La vida no es una carrera de metros lisos donde la meta depende de la distancia recorrida, ni un contrato con un número prefijado de páginas. Ni la juventud concede el patrimonio de la vida, ni la madurez resta el sagrado derecho a desearla con la misma fuerza que el primer día.
Ambas posturas incurren en la misma equivocación: reducir la existencia a una mera contabilidad de días. Sin embargo, la defensa de la vida no admite atajos, ligerezas ni concesiones ideológicas. La existencia humana posee un valor sagrado e inviolable que exige ser custodiado y protegido respetando su curso completo, desde su origen más temprano antes del nacimiento hasta su desenlace natural.
Desde una convicción ética profunda y el debido respeto al orden divino, tanto el aborto como la eutanasia representan asesinatos, quiebras morales inaceptables. Son actos que atentan directamente contra la inviolabilidad de la existencia al arrogarse el Ser Humano una potestad sobre el principio y el fin de la vida que no le pertenece. Defender la vida es un compromiso firme e inquebrantable que consiste en ampararla en sus momentos de mayor vulnerabilidad —tanto en el vientre materno como en el lecho de la enfermedad o la vejez— sin precipitar jamás su final ni depreciar su valor intrínseco.
Reconocer la finitud humana y someterse a la voluntad de Dios no significa resignación, sino un acto de profunda humildad, sabiduría y respeto. La vida se celebra, se protege y se defiende en cada una de sus etapas, aceptando que existen un principio y un fin que trascienden nuestro arbitrio personal, pero manteniendo intacto, hasta el último aliento natural, el sagrado deber de custodiarla.

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