EL TIEMPO NO NOS HIZO MÁS SABIOS. Una reflexión a partir de unas palabras de Antonio Gala. Por Carlos Garcés.
EL TIEMPO NO NOS HIZO MÁS SABIOS.
Una reflexión a partir de unas palabras de Antonio Gala. Por Carlos Garcés.
Hace unos días volví a cruzarme con un breve y demoledor fragmento de una célebre conversación entre Antonio Gala y Jesús Quintero, «el Loco de la Colina». Son apenas cuarenta segundos, pero encierran una verdad incómoda que derrumba uno de los grandes mitos de nuestro tiempo.
La tesis de Gala es tajante: el simple paso del tiempo no concede serenidad, no otorga dignidad y, desde luego, no hace sabio a nadie. Cumplir años solo añade calendario. El tiempo, por sí solo, no da absolutamente nada.
Gala lanzaba al aire una pregunta incómoda: ¿por qué alguien va a ser más sabio a los sesenta o setenta años si no ha vivido con los ojos abiertos, recibiendo las lecciones diarias?
Aplicar esa pregunta a la sociedad española actual es contemplar un naufragio.
Nos vendieron el dogma ciego del «progresismo» e inevitable avance histórico: la promesa de que cada generación sería más culta, más libre y más madura que la anterior. La realidad ha pulverizado esa mentira. Lo que hemos vivido no ha sido una evolución, sino una vergonzosa e hipertrofiada involución.
Si existe una fecha en la historia reciente que marcó el punto de no retorno en este proceso de embrutecimiento colectivo, fue el 14 de marzo de 2020.
Aquel día no solo se decretó un encierro; se escenificó el funeral de la razón. A partir de esa fecha, una parte claramente mayoritaria de la sociedad española decidió cerrar voluntariamente los ojos, renunciar a la lógica más elemental y entregar su soberanía individual a cambio de una falsa sensación de seguridad. El miedo ahogó al pensamiento crítico; la consigna aplastó al debate; y la masa prefirió la comodidad de la servidumbre antes que el coste de la libertad.
Desde entonces, el deterioro no ha hecho más que acelerarse en una espiral grotesca:
- Tenemos un océano de información, pero una incapacidad patológica para digerirla.
- Tenemos más medios y canales que nunca, pero un pensamiento único cada vez más asfixiante, servil y teledirigido.
- Tenemos más títulos universitarios que en toda nuestra historia, pero menos capacidad que jamás para distinguir la verdad de la manipulación más burda.
Se confunde acumular datos con tener conocimiento, y el mero conocimiento con la sabiduría. Pero la sabiduría no es un título ni un aniversario: es el hábito rebelde de dudar, la valentía de observar sin anteojeras y la firmeza para no dejarse arrastrar por el rebaño.
El paso del tiempo no nos ha vuelto más prudentes ni más sabios; nos ha vuelto más dóciles, más manipulables y aterradoramente infantiles.
Si vivimos con los ojos cerrados, sumar años solo sirve para envejecer. Y una sociedad que renuncia a pensar por sí misma no solo envejece: se degrada hasta perder, pedazo a pedazo, la dignidad y la libertad.

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