EL TOUR DE FRANCIA EMPIEZA EN EL GARRAF (Y LO PAGAS TÚ). Por Carlos Garcés.

EL TOUR DE FRANCIA EMPIEZA EN EL GARRAF (Y  LO PAGAS TÚ). Por Carlos Garcés.

Hay una lógica perversa en el asfalto. Durante varios días, miles de ciudadanos en Barcelona, Sitges y media Cataluña se han despertado rehenes en sus propias casas. Calles valladas, comercios bloqueados, restricciones acumuladas jornada tras jornada y el tráfico asfixiado. ¿El motivo? El Tour de Francia. Sí, de Francia, ese país que las autoridades han decidido que ahora empieza a las puertas del Garraf.

​La explicación oficial ya se la sabe todo el mundo de memoria: "impacto económico", "proyección internacional" y "escaparate turístico". Lo que no se dice con tanta alegría es el coste de la postal. Para que cuatro ciclistas crucen el arcén a cincuenta kilómetros por hora —ante la mirada entregada de una masa aborregada que no sabría nombrar a uno de ellos—, las administraciones públicas han tenido que extender cheques millonarios a una empresa privada. Dinero del contribuyente para financiar una fiesta de varios días a la que el ciudadano de a pie solo está invitado como figurante... o como perjudicado.

​Lo fascinante no es que los políticos, desde un extremo al otro del arco parlamentario, sigan comprando estos carísimos juguetes de distracción masiva. Lo verdaderamente asombroso es la monumental hipocresía con la que nos venden sus agendas. Llevan años bombardeándonos con las bondades de las "ciudades de 15 minutos"; ese idílico modelo oficial según el cual todo debe ser de proximidad, sostenible y accesible para el vecino a pie de calle. Nos repiten que hay que pacificar los barrios y consumir en el comercio local. Pero estos días, cuando el talonario manda, su teoría se desmorona: la ciudad de los 15 minutos se ha convertido en la ratonera de los 15 minutos. El espacio público se privatiza por decreto, los accesos a los comercios de toda la vida se cortan arruinándoles la caja de la semana, y el vecino queda confinado en su propio barrio, incapaz de cruzar a la acera de enfrente porque su calle ya no es suya: es el decorado de un negocio extranjero.

​Para colmo del ridículo, mientras criminalizan el coche privado en nombre de la AGENDA, los mismos gobernantes meten en el centro urbano una caravana mastodóntica de cientos de camiones, vehículos pesados y motocicletas de la organización. Y si el ciudadano apela a ese transporte público que tanto le obligan a usar, se encuentra con la cruda realidad: jornadas enteras de autobuses suprimidos, rutas desviadas y un servicio colapsado que demuestra que la movilidad colectiva solo importa cuando no estorba al negocio. Ni coche, ni autobús, ni pie; el ciudadano, simplemente, no existe.

​Pero la masa vive pegada al dictado de la pantalla; hacen, piensan y van hacia donde la televisión les dice que tienen que ir. Se ha impuesto de forma alarmante la filosofía de "¿Dónde va Vicente? Donde va la gente". Si los informativos repiten que toca aplaudir bicicletas, la muchedumbre sale sumisa a la calle. Soportan que los encierren y les limiten el movimiento durante días por un negocio ajeno y que los presupuestos públicos se diluyan en salarios institucionales inflados. Hacen cola bajo el sol y el calor asfixiante para ver pasar un destello fugaz, pero son incapaces de agruparse para defender lo que de verdad sostiene la vida: la salud, el futuro de sus hijos, el bienestar de sus mayores y esas libertades y Derechos individuales que, poco a poco, los políticos les van deshilachando entre decreto y decreto.

​Esta gente se mueve por el fútbol, por el ciclismo o por el formato de consumo que les programen en cada momento. Han demostrado una docilidad pasmosa ante los abusos diarios de la clase política, pero una energía desbordante para jalear el circo. En este país, parece que ya no cabe un estómago agradecido más, ni un ciudadano dispuesto a dejarse pisotear a cambio de lo que dictamina el mando a distancia.

​Al final, cuando las vallas se retiren y los camiones de la televisión se vayan con el dinero a otra parte, quedará lo de siempre: las calles vacías, los bolsillos un poco más secos y la incómoda certeza de que, para quienes gobiernan, esa masa solo es soberana el día de votar. El resto del año, es simplemente un estorbo al que pedirle que se aparte para que pase la carrera.

Carlos Garcés.
4 de julio de 2026.










"SENATOR". Carlos Garcés.
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