A lo largo de nuestra existencia, tenemos la fortuna de cruzarnos con personas singulares; seres dotados de una sensibilidad especial que son capaces de leernos el interior con solo mirarnos a los ojos. Son como faros efímeros que, antes de partir, nos dejan un legado de palabras que se nos quedan grabadas a fuego en el alma para siempre.
Hace un tiempo, una de esas personas esenciales en mi vida —alguien con una lucidez extraordinaria que hoy ya descansa en paz— me regaló una definición sobre mí mismo que me conmovió profundamente. Me miró con calma y me dijo: «Tienes alma de poeta y cabeza de emperador». En otra ocasión, añadió que veía en mí a un «caballero andante».
Aquellas palabras se quedaron resonando en mi mente. Con el tiempo, he comprendido que no era un simple elogio, sino una radiografía exacta de esa hermosa y compleja dualidad que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro.
Tener alma de poeta significa poseer la sensibilidad de conmoverse ante las pequeñas cosas, buscar la belleza en las palabras, sentir el dolor ajeno como propio y caminar por el mundo con el corazón descubierto, como ese caballero andante que persigue causas justas por el simple valor de la nobleza. Es la capacidad de amar, de crear y de empatizar sin escudos.
Sin embargo, el poeta no podría sobrevivir al peso del mundo sin la cabeza de emperador. Esta representa la fuerza mental, la templanza en mitad de la tormenta, la capacidad de liderazgo y la firmeza necesaria para tomar decisiones difíciles cuando la realidad lo exige. El emperador es el que organiza, el que protege a los suyos, el que mantiene el rumbo firme y actúa con un alto sentido del deber, sin dejarse arrastrar por el caos.
Descubrir que en un mismo ser pueden convivir la sensibilidad más tierna y la fortaleza más inquebrantable fue un auténtico despertar.
Hoy sé que el verdadero equilibrio de la vida consiste en eso: en gobernar nuestro destino con la firmeza de un emperador, pero sin perder jamás la capacidad de sentir y de soñar con la belleza de un poeta. A quien supo verlo en mí, le guardo una gratitud eterna en el silencio de mi corazón.
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