DISCURSOS QUE CALMAN CONCIENCIAS, PERO MATAN EL CORAJE. Por Carlos Garcés.
Un año después: por qué sigo sin callar.
Hoy se cumple exactamente un año desde que escribí y publiqué las líneas que siguen a continuación. Doce meses después, lejos de haberme equivocado o de que las aguas hayan vuelto a su cauce, observo con preocupación cómo esa "anestesia emocional" y esa cultura del pensamiento blando no solo persisten, sino que se han intensificado. Volver a compartir esta reflexión no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad de reafirmación: el diagnóstico sigue siendo el mismo y la urgencia de reaccionar, aún mayor. Os invito a releerlo —o a leerlo por primera vez— con los ojos de quien prefiere una verdad incómoda a una mentira reconfortante.
"DISCURSOS QUE CALMAN CONCIENCIAS, PERO MATAN EL CORAJE. Por Carlos Garcés.
Coincidiendo con la implementación de la criminal y genocida AGENDA 2030, en los últimos años están proliferando discursos por redes sociales que me atrevería a calificar de satánicos.
Ayer vi un corto vídeo del doctor Mario Alonso Puig y es lo que me anima a escribir estas líneas.
Él y otros tantos comunicadores que están en la mente de todos insisten en que debemos alejarnos de la negatividad, pensar en positivo, rodearnos de estímulos luminosos y evitar lo que ellos llaman “tóxico”.
Hablan de sustancias cerebrales, de neurociencia emocional, de que lo negativo enferma y lo positivo cura. Todo parece tener sentido. Todo suena amable, lógico, incluso saludable.
Pero el problema no está en lo que dicen, sino en lo que ocultan.
Lo que estos discursos silencian, quizá sin querer, quizá no, es que en el mundo real no todo puede ni debe ser aceptado con una sonrisa. La conciencia no necesita calma, necesita lucidez. Y el coraje no nace del conformismo, sino de la rebelión y desobediencia ante la injusticia.
Nos dicen que ser negativo es contagioso, que quejarse baja la energía, que lo mejor es fluir. ¿Y quién puede oponerse a la calma y al bienestar? Pero ahí está el veneno, en convertir la denuncia del mal en algo “poco sano” y el inconformismo en una enfermedad del alma.
Esto es peligrosísimo. Porque al hacerlo, nos desarman éticamente. Se nos pide dulzura cuando lo que el mundo exige es firmeza. Se nos ofrece quietud cuando lo que urge es reacción. Y se nos entrena, sin decirlo, para aceptar pasivamente el deterioro de todo lo que debería ser defendido: la verdad, la justicia, la libertad, el bien.
No se trata de ser pesimistas ni optimistas. Se trata de ser realistas con coraje moral, como lo fueron nuestras generaciones anteriores, que si levantaran la cabeza escupirían a la cara a la totalidad de los españoles de hoy y que no se paralizaron ante el mal. Nuestros abuelos no derrotaron el nazismo, por ejemplo, con frases motivacionales ni se enfrentaron a la tiranía con sonrisas bien gestionadas. Actuaron. Se comprometieron. Pagaron precios reales por decir la verdad. Y si no que se lo pregunten a nuestro recordado Francisco Franco....
Por eso llevo años afirmando con claridad que nos encontramos en un estado de legítima defensa. No frente a balas ni dictaduras, sino ante algo mucho más insidioso: una oleada de anestesia emocional que, en nombre del bienestar, adormece las conciencias, domestica el alma y convierte el coraje en sospechoso. No es una batalla política ni ideológica, es una batalla moral. Y como toda legítima defensa, no es una opción. Es una obligación.
No es pesimismo. No es negatividad. Es amor a la verdad. Es decencia en pie de guerra. Es sentido del deber ante un mundo que se desmorona con la implementación de la criminal y genocida AGENDA 2030, que atenta descaradamente contra la vida y la libertad humana, mientras nos piden que meditemos y sonriamos.
Y para que no haya dudas, yo soy una persona vitalista y alegre . Amo la vida y amo el amor. Me cuido. Celebro cada instante. Pero precisamente porque amo la vida no puedo callar ante quien la manipula, la pervierte o la destruye con sonrisas falsas y frases de autoayuda que solo sirven para calmar conciencias, pero matan el coraje. Porque amar la vida no es acomodarse, es defenderla. Y eso es lo que hace toda persona bien nacida, no pacta con el mal, ni se acomoda a él ni le da voz, lo combate.
Pero estas palabras no las pueden entender aquellos que están ciegamente aferrados a una pertenencia y convierten la política o la religión en un dogma incuestionable.

Comentarios
Publicar un comentario