UN SÁBADO CON HITCHCOCK: CUANDO LA INTELIGENCIA SE DESTRUYE A SÍ MISMA. Por Carlos Garcés.


UN SÁBADO CON HITCHCOCK: CUANDO LA INTELIGENCIA SE DESTRUYE A SÍ MISMA. Por Carlos Garcés.

Ayer sábado volví a ver "The Paradine Case"(1947). Hacía tiempo que no regresaba a esta película de Alfred Hitchcock, una de esas obras que quizá no figuran siempre entre las más populares del director, pero que poseen algo extraño: permanecen dentro de uno mucho después de terminar.

Y mientras avanzaba el juicio de Maddalena Paradine, mientras observaba la lenta caída interior del abogado Anthony Keane, no podía evitar pensar en nuestro tiempo.

Curiosamente, no porque la película hable del presente. Todo lo contrario. Pertenece a otro mundo: el viejo Hollywood, el de los silencios elegantes, las miradas largas, la culpa moral y las consecuencias. Un mundo que hoy muchos consideran anticuado, pero que quizá comprendía ciertas cosas del ser humano mejor de lo que creemos.

El protagonista de la película no cae por falta de inteligencia. Tampoco por falta de cultura o prestigio. Cae porque deja de buscar la verdad y empieza a buscar aquello que desea creer.

Y ahí es donde la película deja de ser únicamente un drama judicial para convertirse en algo mucho más inquietante.

Porque, viendo la sociedad actual, uno tiene la sensación de que vivimos precisamente en esa sustitución constante de la verdad por el deseo. Ya no importa tanto lo que es cierto como aquello que emociona, seduce o confirma nuestras inclinaciones previas. La apariencia ocupa el lugar de la realidad. La narrativa sustituye a los hechos.

Anthony Keane cree defender la justicia, pero en realidad termina defendiendo una fantasía construida alrededor de una mujer a la que nunca llega a conocer de verdad. Y quizá ése sea uno de los grandes males contemporáneos: la incapacidad creciente para distinguir entre las personas reales y las imágenes que proyectamos sobre ellas.

Vivimos rodeados de representaciones. Política convertida en espectáculo. Redes sociales convertidas en escaparates emocionales. Opiniones instantáneas elevadas a verdad absoluta. Todo rápido, todo superficial, todo emocional.

Y, sin embargo, Hitchcock ya intuía algo esencial hace casi ochenta años: cuando el Ser Humano deja de amar la verdad, termina esclavizado por sus propias ilusiones.

Hay algo profundamente moderno en esa idea.

También me llamó la atención otro aspecto: la presencia de la culpa. En muchas obras clásicas la culpa existe. No desaparece porque uno la niegue. No se evapora mediante discursos tranquilizadores. Los actos tienen consecuencias morales y psicológicas.

Hoy, en cambio, parece que gran parte de la cultura contemporánea intenta convencernos de que toda incomodidad moral es represiva y de que basta con justificar una acción emocionalmente para convertirla en legítima. Pero la realidad humana es más compleja. El alma humana —si todavía se me permite usar esta expresión— no funciona como un mecanismo burocrático al que se le pueda ordenar olvidar.

Quizá por eso tantas personas viven rodeadas de distracciones y, aun así, profundamente vacías.

Mientras veía la película, pensé también en aquel viejo ideal de elegancia asociado a figuras como Frank Sinatra. No hablo únicamente de trajes impecables o de humo en blanco y negro. Hablo de otra cosa: de una cierta idea de dignidad personal. De asumir responsabilidades. De entender que el carácter importa.

El viejo cine podía ser oscuro, incluso trágico, pero rara vez era cínico respecto a la naturaleza humana. Creía que el bien y el mal existían, aunque las personas fuesen imperfectas.

Tal vez por eso películas como "El proceso Paradine" siguen teniendo fuerza. Porque no sermonean. No hacen propaganda. Simplemente muestran cómo una persona inteligente puede destruirse a sí misma cuando deja de mirar la realidad con honestidad.

Y quizá ésa sea una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿qué ocurre con una sociedad entera cuando ya no quiere conocer la verdad, sino únicamente sentirse cómoda?

Terminé la película y me quedé en silencio unos minutos.

A veces el cine antiguo no sólo envejece mejor que muchas películas modernas. A veces también comprende mejor al Ser Humano.

Recomiendo esta película, no solo por su valor cinematográfico, sino por las reflexiones que deja en quien la vuelve a ver con el paso del tiempo.

Carlos Garcés.
17 de mayo de 2026.









"SENATOR". Carlos Garcés.

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