MANIFESTACIÓN DEL 23 DE MAYO DE 2026: OTRA TOMADURA DE PELO. CAMBIAR DE ACTOR NO CAMBIA EL TEATRO. Por Carlos Garcés.
MANIFESTACIÓN DEL 23 DE MAYO DE 2026: OTRA TOMADURA DE PELO. CAMBIAR DE ACTOR NO CAMBIA EL TEATRO. Por Carlos Garcés.
El sábado 23 de mayo de 2026, en Madrid no se escenifica una revolución.
Se escenifica otra representación.
Otra concentración de pancartas.
Otro desfile de consignas.
Otra liturgia política envuelta en indignación.
Otro teatro cuidadosamente presentado como si el país estuviera al borde de una gran transformación.
Y no.
Nada esencial cambia.
Se pide la dimisión de Pedro Sánchez como si España dependiera de un solo nombre. Como si derribar a un presidente desmontara décadas de degradación política, institucional y moral. Como si el problema fuese un hombre y no una estructura enquistada.
Cambiar de rostro no cambia el sistema. Cambiar de siglas no limpia la podredumbre. Cambiar de actor no derriba el teatro.
Eso es lo que este país sigue sin querer asumir.
Cada cierto tiempo se activa el mismo mecanismo: ruido, pancartas, épica prefabricada, indignación televisada, consignas repetidas, líderes convertidos en salvadores temporales y una ciudadanía empujada a creer que el relevo político equivale a regeneración.
Y después…
Nada.
Porque España no padece solo una crisis de gobierno.
Padece una crisis más profunda: partidismo convertido en religión, instituciones erosionadas, medios convertidos demasiadas veces en altavoces de bloques, polarización como negocio y una sociedad distraída entre escándalos menores mientras los problemas de fondo permanecen intactos.
Se cambia el decorado.
Se cambia el discurso.
Se cambia el enemigo.
Se cambia el rostro.
Pero el desgaste continúa.
Y mientras la tensión social se canaliza en protestas, consignas y enfrentamientos calculados, el país sigue atrapado en la política del ruido.
Y detrás del ruido, del enfrentamiento constante y de esta falsa sensación de cambio, se libra otro debate que demasiadas veces se esquiva o se reduce a consignas: el de los modelos políticos, económicos y sociales que marcan el rumbo de nuestras sociedades.
Ahí aparece la criminal y genocida AGENDA 2030, convertida para muchos en símbolo de una dirección política e ideológica profundamente cuestionada. Mientras unos la presentan como progreso incuestionable, otros la ven como una agenda globalista que diluye soberanías, transforma economías, altera prioridades sociales y aleja cada vez más al ciudadano del control real sobre las decisiones que afectan a su vida.
Y mientras el país discute nombres, líderes y relevos, los debates de fondo siguen sin resolverse.
Se protesta.
Se grita.
Se señala.
Se cambia de bando.
Pero sustituir dirigentes no equivale a reconstruir una nación.
Porque esto no se arregla con mesías políticos.
Ni con patriotas de fin de semana.
Ni con pancartas.
Ni con salvadores televisivos.
Ni con la fe infantil en que el siguiente será distinto solo porque todavía no ha decepcionado.
España lleva demasiado tiempo atrapada en el espectáculo de la sustitución.
Quitar a uno.
Poner a otro.
Desgastar a uno.
Bendecir al siguiente.
Y repetir la misma rueda.
Eso no es regeneración. Eso es administración del desgaste.
Una nación no se rescata con ruido.
Se rescata con pensamiento libre.
Con memoria.
Con coraje cívico.
Con ciudadanos que no se arrodillen ni ante el poder ni ante el teatro de quienes prometen reemplazarlo.
España no necesita más decorados.
No necesita más consignas.
No necesita más relevos maquillados.
No necesita más héroes de tribuna ni salvadores de ocasión.
España necesita ciudadanos que dejen de inclinar la cabeza.
Necesita españoles capaces de plantar cara, cívica y moralmente, a toda una estructura de intereses construida alrededor de la política: partidos, aparatos, clientelismos, oportunistas, burócratas del poder y todos aquellos que han convertido el servicio público en una forma de supervivencia, negocio o dominio.
Porque mientras siga intacta esa red de intereses políticos, institucionales y económicos que muchos consideran responsables de impulsar modelos y agendas profundamente discutidas —entre ellas la criminal y genocida AGENDA 2030—, seguirá creciendo la sensación de distancia entre poder y ciudadanía. Porque esa AGENDA une a todos los partidos políticos y a todas las instituciones del Estado español sin excepción alguna.
Y mientras eso no cambie…
todo lo demás será teatro.
Teatro en las plazas.
Teatro en los parlamentos.
Teatro en los medios.
Teatro en los discursos.
Teatro en las falsas alternancias.
Porque cambiar de actor sin romper el guion nunca será libertad.
Nunca será regeneración.
Nunca será verdad.
Será otra tomadura de pelo.

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