LA CENSURA SELECTIVA DE FACEBOOK: CUANDO LA MENTIRA CONVIENE, NADIE LA TOCA. Por Carlos Garcés.


LA CENSURA SELECTIVA DE FACEBOOK: CUANDO LA MENTIRA CONVIENE, NADIE LA TOCA. Por Carlos Garcés.

Vivimos en una época extraña. Una época en la que subir unos segundos de una canción puede provocar que una plataforma te silencie, te bloquee el contenido o incluso te penalice automáticamente por derechos de autor. Pero, al mismo tiempo, miles de vídeos y publicaciones claramente falsas circulan libremente cada día sin ningún tipo de freno. Y eso obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué está censurando realmente Facebook?

Porque el problema ya no es solo la censura. El problema es la incoherencia.

Resulta sorprendente observar cómo las plataformas tecnológicas actúan con una rapidez casi militar cuando alguien publica música protegida por copyright. En cuestión de segundos, los algoritmos detectan el contenido, lo eliminan o reducen su alcance. Ahí sí funcionan perfectamente. Ahí no hay dudas. Ahí la inteligencia artificial es eficaz, precisa y despiadada.

Sin embargo, cuando aparecen vídeos creados con inteligencia artificial mostrando supuestos extraterrestres, platillos volantes, invasiones imposibles, criaturas gigantes o noticias absurdamente manipuladas, la respuesta es muy distinta: Facebook las deja correr como si nada.

Y no hablamos de errores difíciles de detectar. Muchas de esas publicaciones son grotescamente falsas. Rostros deformados, voces artificiales, imágenes imposibles y montajes que cualquier persona con sentido común puede identificar como fabricaciones digitales. Aun así, siguen acumulando millones de visualizaciones, comentarios y compartidos.

Entonces surge la gran contradicción.

Si Facebook posee la tecnología suficiente para detectar una canción en menos de diez segundos, ¿cómo es posible que no pueda detectar noticias falsas creadas con inteligencia artificial? La respuesta probablemente no sea tecnológica. La respuesta parece económica.

Porque la desinformación genera tráfico. El miedo genera clics. Lo extravagante genera adicción. Y cuanto más tiempo permanece una persona mirando contenido absurdo, más anuncios consume. Así de simple.

Las plataformas se presentan públicamente como defensoras de la verdad, la seguridad y la responsabilidad social. Pero en la práctica, muchas veces parecen actuar únicamente cuando existe un riesgo económico o legal para ellas mismas. Si una discográfica reclama derechos de autor, reaccionan inmediatamente. Si millones de personas consumen basura digital que genera ingresos publicitarios, entonces la supuesta preocupación por la “información verificada” desaparece misteriosamente.

Y eso es peligroso.

Porque una sociedad confundida es una sociedad manipulable. Cuando las redes sociales permiten que la ficción se mezcle constantemente con la realidad, terminan erosionando la confianza pública. Ya no se sabe qué es verdad, qué es montaje, qué es propaganda o qué está diseñado únicamente para explotar emocionalmente al usuario.

La consecuencia es devastadora: la gente deja de creer en todo.

Lo más preocupante es que esta permisividad parece selectiva. Hay temas en los que las plataformas actúan con mano de hierro y otros en los que miran hacia otro lado. Esa doble vara de medir destruye cualquier discurso sobre neutralidad.

Porque la libertad de expresión no puede convertirse en una excusa conveniente dependiendo de quién gana dinero.

Si una plataforma decide ser estricta, entonces debe ser estricta para todos los contenidos engañosos. Y si no puede controlar el volumen gigantesco de información falsa que circula diariamente, entonces quizá debería dejar de presentarse como árbitro moral de la verdad.

No se puede presumir de combatir la desinformación mientras se monetiza el espectáculo de la mentira.

Aquí es donde muchos usuarios empiezan a sospechar que las redes sociales no están diseñadas para proteger la verdad, sino para maximizar la atención. Y en internet, pocas cosas generan más atención que el miedo, el misterio y el escándalo.

El problema ya no es tecnológico. Es ético.

Porque cuando una empresa tiene el poder de decidir qué millones de personas ven y qué millones de personas dejan de ver, también tiene una responsabilidad enorme. Y esa responsabilidad no puede depender únicamente de los intereses comerciales del momento.

Quizá haya llegado el momento de exigir coherencia.

O se combate toda la manipulación digital con la misma firmeza, o se reconoce abiertamente que la censura actual no responde a principios morales, sino a intereses económicos.

Y eso cambiaría por completo la conversación.

Carlos Garcés.
12 de mayo de 2026.









"SENATOR". Carlos Garcés.

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