EL TELEVISOR: LA PROFECÍA QUE NADIE QUISO ESCUCHAR. Por Carlos Garcés.


EL TELEVISOR: LA PROFECÍA QUE NADIE QUISO ESCUCHAR. Por Carlos Garcés.

En octubre de 2024 publiqué en mi blog personal "Senator" una escena de una obra que, con el paso del tiempo, no ha perdido vigencia: “El televisor”(1974), dirigida por Narciso Ibáñez Serrador dentro de su mítica serie Historias para no dormir.

Aquel fragmento, interpretado por Estanis González y el inmenso Narciso Ibáñez Menta, no era simplemente una escena inquietante. Era, en realidad, un espejo adelantado de lo que hoy vivimos con absoluta normalidad. Estamos hablando de hace más de 50 años. Y, sin embargo, parece rodado ayer.

Durante décadas se nos vendió la televisión como una ventana al mundo. Cultura, entretenimiento, información… incluso compañía. Pero lo que aquella obra ya insinuaba, con una claridad casi perturbadora, es que esa “ventana” no se abría hacia fuera, sino hacia dentro: hacia la mente del espectador. La televisión no muestra la realidad. La sustituye.

Lo que vemos en pantalla no solo entretiene; moldea. No solo informa; dirige. No solo acompaña; ocupa. Y cuando ocupa demasiado, desplaza todo lo demás: la reflexión, la lectura, la conversación, el silencio… incluso la propia identidad. En “El televisor”, el aparato no es un objeto inerte. Es una presencia. Una fuerza que absorbe, que hipnotiza, que termina anulando al individuo. ¿Exageración? Basta mirar a nuestro alrededor.

Hoy ya no hace falta terror psicológico para entenderlo. La escena se ha convertido en costumbre cotidiana. Horas y horas frente a una pantalla. Programas vacíos. Mensajes repetidos. Opiniones prefabricadas. Y lo más grave: una aceptación pasiva de todo ello. El espectador ya no cuestiona. Consume.

Y en ese consumo constante, se produce una transformación silenciosa: la voluntad se debilita, el criterio se diluye, y la capacidad crítica se anestesia. Lo que en los años 70 era una advertencia casi fantástica, hoy es una evidencia incómoda.

No es necesario caer en teorías complejas para reconocer lo evidente: quien controla el contenido, influye en la percepción de la realidad. La televisión ha sido, y sigue siendo, uno de los instrumentos más eficaces para modelar conciencias. No por imposición directa, sino por repetición. Por saturación. Por desgaste. Se normaliza lo absurdo. Se banaliza lo importante. Se ridiculiza la verdad.

Y mientras tanto, el espectador, cómodo en su sillón, cree estar informado cuando en realidad está siendo dirigido.

Lo más inquietante de aquella escena no era su atmósfera ni su interpretación magistral. Era su mensaje. Porque el auténtico terror no estaba en la pantalla… sino en lo que podía llegar a suceder fuera de ella. Y ha sucedido.

Hoy vivimos rodeados de pantallas que no solo informan, sino que condicionan. Que no solo entretienen, sino que absorben. Que no solo muestran, sino que sustituyen la realidad.

En mi caso, la decisión fue clara. Llevo seis años sin encender un televisor. No por capricho, ni por pose, ni por rebeldía vacía. Por salud mental. Porque entendí que lo que entraba cada día por esa pantalla no me aportaba claridad, sino ruido; no me daba conocimiento, sino confusión; no me acercaba a la verdad, sino que me alejaba de ella.

Apagar la televisión no fue una renuncia. Fue una liberación.

Recuperé el silencio. La lectura. El pensamiento propio. La capacidad de observar el mundo sin filtros ni consignas. Y, sobre todo, la libertad de no ser constantemente influido por aquello que otros deciden que debo ver, pensar o sentir.

Narciso Ibáñez Serrador no solo hacía televisión. La analizaba, la cuestionaba… y, en cierto modo, la denunciaba desde dentro. Lo que nos dejó no fue solo entretenimiento de calidad. Fue una advertencia.

Una advertencia que muchos no quisieron escuchar.

Pero que hoy, más que nunca, resuena con una claridad incómoda.

Carlos Garcés.
1 de mayo de 2026.







"SENATOR". Carlos Garcés.

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