NUNCA MÁS VOLVERÉ AL VALLE DE LOS CAÍDOS: CRÓNICA DE UNA TRAICIÓN ANUNCIADA. Por Carlos Garcés..
He leído en estos días algo que no solo me ha sorprendido, sino que me ha indignado profundamente: los monjes ya no hablan del Valle de los Caídos. Ahora lo llaman Valle de Cuelgamuros.
Y no, no es un simple cambio de nombre. Es una declaración de rendición.
Quien no quiera verlo, que no lo vea. Pero yo sí lo veo. Y lo digo con absoluta claridad: esto es claudicación.
He defendido el Valle de los Caídos durante años. He estado allí en numerosas ocasiones y he vivido momentos inolvidables. He colaborado, he apoyado y he creído firmemente en su significado espiritual, histórico y religioso. Todo ello lo he plasmado en innumerables escritos y en un libro. No hablaba desde la distancia, sino desde el compromiso.
Y precisamente por eso, tengo la autoridad moral para decir lo que voy a decir.
El momento decisivo fue 2019. La exhumación del Generalísimo Franco.
Ahí se libró la única batalla importante. La única que requería firmeza, coherencia y valor. La única en la que había que resistir y rebelarse.
Y no sé hizo.
A partir de ese momento, lo dije entonces —y hoy lo repito con más fuerza—: todo lo demás sería coser y cantar.
Porque una vez que se cede en lo esencial, lo demás cae por su propio peso.
Hoy cambian el nombre. Mañana cambiarán el sentido. Después, el lugar se convertirá en lo que quieran convertirlo: un parque temático ideológico, un decorado político, un símbolo vacío, un burdel… o algo aún peor.
Porque cuando se pierde el alma, cualquier degradación es posible.
Y en medio de todo esto, no puedo callar lo que considero una de las mayores decepciones: la expulsión del prior, el Padre Santiago Cantera.
Fue él quien dio la cara cuando nadie quería hacerlo. Fue él quien sostuvo la dignidad del lugar cuando ya todo empezaba a tambalearse. Y, sin embargo, fue apartado.
Pero lo más grave no fue solo eso.
Lo más grave fue el silencio de sus propios hermanos.
La espalda que le dieron.
Ahí comprendí todo.
Ahí entendí a quién servían realmente.
No al Valle. No a su significado. No a la verdad. No a la fidelidad.
A partir de ese momento, todo encajó.
El cambio de nombre no es más que la consecuencia lógica de aquella renuncia. Es el símbolo visible de una derrota interior que ya se había consumado.
Por eso hoy lo digo sin ambigüedades, sin matices y sin posibilidad de rectificación:
NO VOLVERÉ NUNCA MÁS AL VALLE DE LOS CAÍDOS.
NO VOLVERÉ A UN LUGAR QUE HA RENUNCIADO A SÍ MISMO.
NO VOLVERÉ A UN LUGAR DONDE QUIENES DEBÍAN CUSTODIARLO HAN OPTADO POR ADAPTARSE, POR CEDER, POR OBEDECER AL MAL, POR DILUIRSE.
Porque uno puede perder una batalla. Pero lo que no puede perder es el alma.
Y cuando se pierde el alma, ya no queda nada que defender.
6 de abril de 2026.


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