LA TRAMPA DE DIFUNDIR LA BLASFEMIA. Por Carlos Garcés.
En los últimos días han vuelto a circular en redes sociales mensajes alarmados por una nueva provocación contra los cristianos en una serie de la plataforma Netflix, concretamente en la segunda temporada de "The Sandman". Se comparten imágenes, se repiten escenas, se denuncian detalles, se multiplican los comentarios indignados y se acompañan de llamadas a firmar peticiones para denunciarlo o a difundir el escándalo. Y, sin embargo, pocas personas parecen darse cuenta de algo esencial: al hacer todo eso estamos haciendo exactamente lo que estas plataformas desean.
Hoy el escándalo ya no se fabrica únicamente para el público que consume una serie. Se fabrica, sobre todo, para que otros lo difundan indignados. Cada vez que alguien comparte la escena, la comenta, la analiza o la denuncia con imágenes incluidas, está actuando, quizá sin quererlo, como un agente de promoción gratuita. La indignación viral se convierte así en publicidad. Lo que tal vez habrían visto unos pocos miles de espectadores acaba llegando a millones de personas gracias a quienes creen estar denunciándolo.
Existe además una confusión muy extendida: pensar que denunciar algo obliga a mostrarlo. No es cierto. Hay cosas que, por respeto, por decencia o por simple higiene moral, no deberían difundirse. No todo merece ser reproducido, ni compartido, ni mostrado. Cuando se difunden imágenes o escenas ofensivas, aunque sea con intención crítica, se está contribuyendo inevitablemente a ampliar su alcance. Y eso plantea una pregunta incómoda que muchos prefieren evitar: ¿es ético dar voz a aquello que uno mismo considera una ofensa?
Las plataformas audiovisuales conocen perfectamente este mecanismo. Una escena polémica genera titulares; los titulares generan indignación; la indignación genera curiosidad; y la curiosidad genera audiencia. Es una cadena perfectamente calculada. Por eso, cada vez que miles de personas comparten escandalizadas una escena ofensiva, el resultado final suele ser siempre el mismo: más espectadores, más ruido mediático y más beneficio para quienes la produjeron.
Frente a esta estrategia existe una respuesta mucho más eficaz y mucho más digna: no participar en el juego. No compartir las imágenes, no difundir la escena, no amplificar la provocación. Y, sobre todo, no consumir esos productos. En mi caso, hace ya seis años que no enciendo el televisor. No por desprecio a la cultura ni por aislamiento, sino por una sencilla razón de salud mental y de coherencia. Cuando algo degrada la inteligencia o desprecia lo que uno considera sagrado, la respuesta más clara no es indignarse, sino retirarle la atención.
Las plataformas no viven de la polémica moral. Viven de las visualizaciones. Y por eso la verdadera respuesta no está en firmar campañas ni en compartir escándalos, sino en algo mucho más sencillo y mucho más efectivo: dejar de mirar. Porque lo que no se ve, lo que no se comparte y lo que no se consume termina desapareciendo.
7 de abril de 2026.

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