LA SOBERBIA DE LOS QUE CUIDAN SIN AMAR. Por Carlos Garcés.
Hay quienes confunden la virtud con el discurso. Se llenan la boca con palabras como "progreso", "valores" y "fe", pero sus manos, aunque hayan tocado la enfermedad, carecen de la humildad necesaria para entenderla. Son personas que cuidan para alimentar su ego o cumplir con un dogma, pero que no dudan en juzgar, abandonar a su propia sangre o despreciar a quien no actúa bajo sus rígidas normas.
Es curioso: cuando dejas de hablar y empiezas a actuar, cuando te entregas al cuidado del que sufre desde la libertad y el respeto, los que se creen dueños de la moral son los primeros en señalarte. Te juzgan porque tu entrega les resulta un espejo incómodo. No soportan ver en otros la entereza de quien ayuda sin soberbia, esa que ellos no tienen cuando la vida les exige verdadera compasión y no solo cumplimiento.
Cuidar no es servidumbre; es la forma más elevada de autoridad. Quien critica desde la barrera de su propia justicia suele esconder una biografía llena de juicios y ausencias emocionales. No entienden que no hay mayor dignidad que la de aquel que decide ser útil donde otros solo ven una oportunidad para sentirse superiores.
Fíjense hasta qué punto se ha desorientado la vida moral de nuestro tiempo: si hoy estuviera en un crucero de lujo dando la vuelta al mundo o presumiendo de un viaje de negocios, estas mismas personas me estarían felicitando. Pero como estoy entregando mi tiempo a quien me necesita, me cuestionan. Así de extraviada está la brújula moral de quienes hoy pretenden darme lecciones.
A los críticos de salón les dejo sus dogmas y sus juicios de cristal. Yo me quedo con la paz de quien no necesita una religión para saber lo que significa ser un hombre de palabra y de acción. Al final, lo único que queda no es lo que dijimos ser, sino lo que hicimos cuando la vida nos exigió estar a la altura.
9 de abril de 2026.

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