CUANDO UN INSULTO REVELA LA POBREZA DE QUIEN LO PRONUNCIA. Por Carlos Garcés.
Durante décadas, algunos han creído que llamar “facha” a alguien era el argumento definitivo. No hacía falta debatir, no hacía falta razonar. Bastaba con lanzar la palabra como si fuera una piedra. Y con eso, pensaban, quedaba todo dicho.
Pero hace años D. Blas Piñar respondió a ese insulto con una frase que desmontaba toda esa estrategia. Dijo que si ser “facha” significaba tener categoría de caballero y no de miserable, entonces no tenía ningún problema con que le llamaran así.
La respuesta era tan simple como devastadora.
Porque en ese momento el insulto quedaba desnudo. Ya no servía para humillar ni para acallar a nadie. Quedaba reducido a lo que muchas veces es: el recurso de quien no tiene argumentos y necesita sustituirlos por descalificaciones.
Lo cierto es que vivimos en una época en la que el insulto se ha convertido en el lenguaje habitual de la política y de las redes. Se etiqueta con rapidez porque pensar exige esfuerzo. Se caricaturiza al adversario porque discutir con él exige inteligencia.
Por eso aquella frase de Blas Piñar sigue teniendo hoy una fuerza especial.
Nos recuerda que la verdadera cuestión no está en las palabras que otros utilizan para despreciarnos, sino en la categoría moral con la que cada uno decide vivir.
Porque cualquiera puede insultar.
Cualquiera puede ridiculizar.
Cualquiera puede gritar desde la tribuna de la superioridad moral.
Lo difícil, lo verdaderamente difícil, es mantener la dignidad cuando otros intentan arrebatártela.
Al final, la historia está llena de personas que fueron insultadas por defender sus convicciones. Y también está llena de quienes, incapaces de debatir con ellas, se refugiaron en el desprecio.
Por eso quizá la pregunta que deberíamos hacernos hoy no es quién es “facha” y quién no.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿quién se comporta como un caballero… y quién se comporta como un miserable?
24 de marzo de 2026.

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