MÁS HERENCIAS PARA PERROS, MENOS VISITAS A LOS PADRES. Radiografía de un desorden moral en la España actual. Por Carlos Garcés.


MÁS HERENCIAS PARA PERROS, MENOS VISITAS A LOS PADRES. Radiografía de un desorden moral en la España actual. Por Carlos Garcés.

Los abogados y notarios lo están confirmando: en España aumentan las cláusulas testamentarias destinadas a garantizar el cuidado de perros y otros animales de compañía. Cada vez más personas incluyen en su testamento disposiciones económicas para asegurar que su mascota esté protegida cuando ellas falten.

La ley, tras reconocer a los animales como seres sintientes, permite articular fórmulas jurídicas para que alguien herede bienes con la obligación de cuidar al animal. No es ilegal. No es un rumor. Es una tendencia creciente.

Hasta aquí, el dato.

Pero la pregunta no es jurídica. Es moral.

El síntoma:

Que alguien quiera que su perro esté bien cuidado cuando muera no es, en sí mismo, algo escandaloso. Lo preocupante es el contexto.

Vivimos en una sociedad donde:

Aumentan las herencias destinadas a animales.

Aumenta la soledad de los ancianos y la nula defensa de su vida.

Aumenta el abandono afectivo en residencias esperando que muera.

Disminuyen las visitas familiares.

Conozco casos,, y tú también estimado lector, de personas que pasean tres veces al día a su mascota, pero apenas pisan la residencia o el domicilio donde está su padre.

Tienen tiempo para el veterinario.

Tienen tiempo para la peluquería del perro.

Tienen tiempo para comprar el mejor alimento.

Tienen tiempo para fotografías y celebraciones.

Pero no tienen tiempo para sentarse una hora con quien les dio la vida.

Eso no es ternura.

Eso es un síntoma de inversión de prioridades.

El afecto cómodo

Un animal ofrece compañía sin conflicto.

No reprocha.

No recuerda errores.

No exige reconciliaciones.

No cuestiona decisiones pasadas.

Un padre anciano sí.

Y ahí está la diferencia.

La relación humana exige paciencia, sacrificio, responsabilidad.

La relación con un animal, aun siendo legítima y afectuosa, es emocionalmente más sencilla.

Nuestra cultura contemporánea ha elegido lo sencillo.

Conviene dejar algo claro: no se trata de despreciar a las mascotas. Se puede amar a un animal. Se puede cuidarlo. Se puede reconocer su valor y su sensibilidad.

El problema comienza cuando el animal ocupa el lugar que corresponde al deber humano.

Cuando el perro recibe lo que el padre no recibe.

Cuando la mascota tiene prioridad afectiva sobre la madre.

Cuando el dinero se planifica con detalle para el animal, pero no se encuentra una hora para el abuelo.

Ahí ya no estamos ante una cuestión sentimental, sino ante un desorden moral.

Una sociedad sana sabe jerarquizar.

No todo vale lo mismo.

No todo ocupa el mismo lugar.

El afecto es hermoso, pero el deber es superior al afecto.

El cariño espontáneo es valioso, pero la responsabilidad moral es más alta.

EL PADRE ESTÁ POR ENCIMA DEL PERRO.

LA MADRE ESTÁ POR ENCIMA DEL GATO.

EL ABUELO ESTÁ POR ENCIMA DE CUALQUIER MASCOTA.

No por desprecio al animal, sino por DIGNIDAD HUMANA.

Cuando esto deja de ser evidente, algo se ha quebrado.

El verdadero escándalo:

Lo verdaderamente grave no es que aumenten las cláusulas testamentarias para mascotas.

Lo verdaderamente grave es que haya padres vivos esperando una visita que no llega.

Que haya ancianos que miran la puerta cada tarde.

Que haya hijos que encuentran tiempo para lo que no exige sacrificio, pero no para quien sostuvo su infancia.

Eso sí es una noticia.

Y esa noticia no ocupa titulares.

No, el mundo no está loco porque alguien quiera proteger a su perro.

El mundo se desordena cuando esa protección convive con la indiferencia hacia los propios padres.

Si tenemos tiempo para el animal, tenemos tiempo para la madre.

Si planificamos el futuro del perro, debemos asumir el presente del padre.

Lo demás no es progreso.

ES DECADENCIA ENVUELTA EN SENTIMENTALISMO. ES LA ESPAÑA ACTUAL.

Carlos Garcés.
27 de febrero de 2026.












"SENATOR". Carlos Garcés.

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