LA SOCIEDAD DE MANTEQUILLA. Por Carlos Garcés.
Hoy Barcelona y resto de Cataluña entra en “alerta por viento”.
Viento.
Ese fenómeno natural que existe desde que el mundo es mundo.
Ese aire en movimiento que empujó las velas de los barcos, que dobló los árboles de nuestros abuelos, que acompañó temporales memorables cuando nadie hablaba de “emergencia climática”.
Pero ahora no.
Ahora el viento exige mensajes masivos a los móviles.
Ahora el viento cierra colegios.
Ahora el viento cierra centros de salud.
Ahora el viento cierra empresas y recomienda teletrabajo.
Ahora el viento suspende servicios, altera rutinas y paraliza ciudades.
¿De verdad hemos llegado a esto?
No estamos ante un huracán del Caribe ni ante un tifón asiático. Estamos ante un episodio de viento fuerte, algo que ha ocurrido miles de veces en nuestra historia sin necesidad de convertirlo en espectáculo institucional.
La cuestión no es el viento.
La cuestión es el clima psicológico que se está creando.
Lluvia: alerta.
Calor: alerta.
Frío: alerta.
Viento: alerta.
Nieve: alerta.
Todo es extraordinario.
Todo es emergencia.
Todo exige intervención.
Y así, poco a poco, se normaliza la excepcionalidad.
Una sociedad que necesita que el Estado le diga cuándo salir, cuándo quedarse en casa y cuándo debe alarmarse, es una sociedad debilitada. No físicamente, sino mentalmente.
Nos están acostumbrando a vivir pendientes del aviso.
Pendientes del mensaje oficial.
Pendientes del “qué hacer” dictado desde arriba.
Y mientras tanto, se alimenta el relato permanente de catástrofe.
Porque dentro de unos meses se recordará:
“¿No veis? Tuvimos que cerrar colegios por el viento. Esto es el cambio climático.”
Así funciona la construcción narrativa: primero la alerta, luego la memoria selectiva.
El problema no es la meteorología.
El problema es la pedagogía del miedo.
Hemos pasado de la prudencia razonable al infantilismo colectivo. De la prevención sensata al alarmismo sistemático.
Nuestros abuelos trabajaban con lluvia, con frío, con viento y con calor. No eran inconscientes. Eran fuertes. Sabían distinguir entre riesgo real y dramatización política.
Hoy cualquier fenómeno natural se convierte en argumento ideológico.
Y lo más preocupante no es que las instituciones exageren.
Lo más preocupante es que millones lo acepten sin cuestionarlo.
No se trata de negar la prudencia. Se trata de rechazar la histeria organizada.
No se trata de desafiar al viento. Se trata de no dejar que nos infantilicen.
Una sociedad madura no vive en permanente sobresalto.
Una sociedad madura no necesita ser tratada como si estuviera hecha de cristal.
Mañana habrá viento.
Y pasado mañana saldrá el sol.
La naturaleza seguirá haciendo lo que siempre ha hecho.
La pregunta es:
¿Seguiremos nosotros aceptando que cada nube, cada ráfaga y cada gota sean utilizadas para modelar nuestro comportamiento?
El viento no es el problema.
La fragilidad inducida, sí.
Y ahora la pregunta incómoda:
¿Qué espera la sociedad española para exigir responsabilidades políticas a quienes viven de la alarma permanente?
¿Qué espera para pedir cuentas a quienes convierten cada fenómeno natural en argumento ideológico a sueldo de la criminal y genocida AGENDA 2030?
¿Qué espera para cuestionar las agendas globales que llevan años aplicándose a la descarada?
Se trata de despertar.
De dejar de aceptar consignas como si fueran dogmas.
De pensar por uno mismo.
De madurar como sociedad.
De REBELARSE Y DESOBEDECER.
Porque una nación adulta no se deja conducir por el miedo.
Y un pueblo que no cuestiona, termina obedeciendo incluso cuando no entiende por qué.
11 de febrero de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario