LA GRAN IMPOSTURA DEL “MAL MENOR” Y LA CRIMINALIZACIÓN DE LA ABSTENCIÓN. Por Carlos Garcés.
Hay una categoría de ciudadanos que se proclaman críticos con el sistema, que dicen estar en contra de la criminal y genocida AGENDA 2030, que desconfían, con razón, de las élites políticas, financieras y mediáticas… pero que, llegada la hora decisiva, vuelven a votar. No por convicción, sino por miedo. No por principios, sino por cálculo. No por dignidad, sino por resignación.
SON LOS OPOSITORES DOMESTICADOS.
Disidentes de boquilla. Rebeldes de sobremesa.
Valientes en el comentario, obedientes en la urna.
Su coartada es siempre la misma: el voto útil, el mal menor, hay que evitar que gane el otro. Un lenguaje cuidadosamente diseñado para anular el pensamiento propio y sustituirlo por consignas emocionales. No votan a favor de algo; votan en contra de un espantajo, fabricado para mantenerlos dentro del redil.
Este tipo de persona no carece de información. Tampoco de intuición.
Lo que le falta es coraje interior.
Porque sabe, en el fondo lo sabe, que todos los partidos que acepta como “posibles” juegan dentro del mismo tablero, obedecen a los mismos marcos supranacionales y no cuestionan lo esencial. Pero aun así vota. Y al votar, legitima. Y al legitimar, se convierte en cómplice.
No es pragmatismo.
No es realismo político.
Es rendición moral con excusas intelectuales.
El sistema no teme al que protesta. El sistema no teme al que se indigna en redes.
EL SISTEMA SOLO TEME A UNA COSA: A QUIEN DEJA DE CREER EN SU TEATRO.
A QUIEN SE NIEGA A ELEGIR ENTRE DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA.
A QUIEN ENTIENDE QUE PARTICIPAR EN UNA FARSA NO ES RESPONSABILIDAD CÍVICA, SINO SUMISIÓN.
Por eso se criminaliza la abstención consciente.
Por eso se ridiculiza al que rompe.
Por eso se llama “irresponsable” al que no vota.
Porque quien no vota por ninguno rompe el hechizo.
El votante del “mal menor” vive atrapado en una contradicción permanente: quiere parecer crítico sin asumir el coste de serlo. Necesita pensar que hay políticos “menos malos” para no afrontar la verdad incómoda: que el problema no es quién gobierna, sino el sistema que todos aceptan gobernar.
Mientras tanto, todo va de mal a peor.
Y ellos vuelven a indignarse.
Y vuelven a votar.
Y vuelven a legitimar.
La historia no avanza gracias a los prudentes.
Avanza gracias a los que se atreven a decir no, incluso cuando ese no les deja solos.
Lo demás es conformismo con discurso rebelde.
Y el conformismo, por mucho que se disfrace, nunca ha cambiado nada.

Comentarios
Publicar un comentario