DOCUMENTAL MUY DURO DE VER: ASÍ SE VENDE LA EUTANASIA COMO ACTO DE COMPASIÓN. Por Carlos Garcés.
He visto este documental de treinta minutos. Y advierto desde el principio: es muy duro de ver. No únicamente por lo que muestra, sino por la manera en que lo muestra. Porque ya no estamos ante un simple testimonio personal, sino ante algo mucho más inquietante: la construcción emocional de un relato destinado a que la sociedad termine aceptando la eutanasia como gesto humanitario. El caso de una mujer francesa que viaja a Bélgica para dejar preparada su muerte futura, ante la prohibición legal en Francia, no es presentado como drama, sino como Derecho. Como previsión. Como serenidad. Ahí comienza la manipulación.
A lo largo de estos treinta minutos aparecen figuras cuidadosamente escogidas: un médico octogenario que practica eutanasias y transmite autoridad moral; una acompañante que encarna la compasión institucionalizada; y finalmente el caso de una ancians de 91 años cuya muerte se presenta como desenlace natural y comprensible. Pero lo que se nos muestra no es neutral. Es pedagógico. Es persuasivo. Es cultural. Y mientras en Francia todavía no se ha aprobado una ley como la vigente en España, aquí ya hemos normalizado que el Estado garantice la muerte provocada bajo el eufemismo de “muerte digna”.
No se habla de matar. Se habla de aliviar. No se habla de suprimir una vida. Se habla de acompañar. El lenguaje se suaviza para que la conciencia no reaccione. Y eso es, precisamente, lo más preocupante.
La eutanasia no se presenta como lo que es, una acción deliberada para provocar la muerte, sino como “acto de amor”, “Derecho a decidir”, “muerte digna”, “liberación del sufrimiento”. El lenguaje está cuidadosamente diseñado. Y cuando el lenguaje cambia, la conciencia se anestesia.
En el vídeo aparece un médico octogenario. Su edad no es casual en la narrativa: transmite experiencia, serenidad, humanidad. Pero la pregunta que nadie formula es esta: ¿Desde cuándo el prestigio profesional convierte en ético aquello que elimina una vida? La medicina nació para curar, aliviar y acompañar. No para decidir quién debe vivir y quién debe morir. Cuando el médico cruza esa línea, la frontera moral de la sociedad se desplaza peligrosamente. La mujer que acompaña a la paciente a Bélgica representa otro elemento clave: la figura del “acompañamiento compasivo”. No es una escena fría. Es cálida, humana, aparentemente comprensiva. Pero precisamente ahí radica el problema: la eutanasia ya no se presenta como excepción dramática, sino como trámite asistido. Se convierte en proceso. Se convierte en servicio. Se convierte en opción. Y cuando algo se convierte en opción, deja de ser tragedia para convertirse en alternativa legítima.
Cuando una sociedad acepta que la vida puede suprimirse en determinadas circunstancias, el límite siempre se desplaza. Primero es el sufrimiento extremo. Después la enfermedad crónica. Después la depresión. Después la vejez. Después la soledad.
El caso del asesinato de la mujer de 91 años no es anecdótico. Es consecuencia. Porque cuando el valor de la vida depende de su “calidad”, ya no es dignidad lo que se protege, sino utilidad.
En Francia, afortunadamente, aún no se ha aprobado una ley de eutanasia plena como la de España. Y esto marca una diferencia moral enorme. España no solo la aprobó: la normalizó con una rapidez escalofriante. Sin debate social. Sin referéndum. Sin conciencia colectiva real del paso que se estaba dando. Una ley que convierte al Estado en garante de la muerte provocada no es progreso. Es una ruptura antropológica. Es un Estado que ASESINA a sus ciudadanos.
Lo más grave no es el acto en sí. Es el proceso previo de reeducación emocional colectiva. Se oculta el término “matar”. Se dramatizan los casos límite. Se apela a la compasión. Se silencia cualquier argumento moral contrario. Se estigmatiza al que defiende la vida. Y así, poco a poco, la sociedad termina aceptando lo que años atrás le habría horrorizado. La eutanasia se presenta como libertad. Pero en el fondo es una derrota. Es el fracaso de los cuidados paliativos. Es el fracaso del acompañamiento verdadero. Es el fracaso de una cultura que ya no sabe sufrir ni acompañar el sufrimiento. Porque una civilización se mide por cómo protege al débil, no por la eficiencia con la que lo elimina.
El problema no es únicamente un caso concreto. El problema es el principio que se acepta. Porque cuando el Estado asume que puede provocar la muerte de un ciudadano bajo determinadas condiciones, la frontera moral ya ha sido atravesada. No importa que se haga con formularios, con protocolos médicos o con música suave de fondo. No importa que haya lágrimas, abrazos o palabras dulces. La cuestión es otra: una vida humana deja de ser inviolable. Y cuando deja de ser inviolable en un solo supuesto, deja de serlo para todos. Hoy se invoca el sufrimiento extremo. Mañana será la depresión resistente. Después la carga familiar. Después la soledad. Después la vejez. No es alarmismo. Es historia. Cada vez que una sociedad ha relativizado el valor de la vida humana, el criterio se ha ido ampliando.
Y lo verdaderamente inquietante del documental no es la escena final. Es la pedagogía previa. Treinta minutos destinados a que el espectador no sienta horror. Treinta minutos para transformar el rechazo natural en comprensión. Treinta minutos para que el asesinato asistido se perciba como ternura. Eso es ingeniería cultural.
Se nos dice que esto es avance. Se nos dice que es modernidad. Se nos dice que es libertad. Pero no es nada de eso. Es la derrota de una civilización que ya no cree que toda vida merece ser protegida hasta su último aliento. Es la claudicación de una sociedad incapaz de acompañar el dolor sin eliminar al que sufre. Es la sustitución del cuidado por la supresión. Y cuando matar se convierte en Derecho, vivir deja de ser garantía.
Yo estoy radical y absolutamente en contra del aborto. Y estoy radical y absolutamente en contra de la eutanasia. Sin matices. Sin excepciones. Sin zonas grises. Porque la dignidad humana no depende de la edad. No depende del estado físico. No depende de la utilidad social. No depende de la autonomía. Depende únicamente de ser humano.
El día que la sociedad deje de estremecerse ante la muerte provocada, ese día habrá perdido algo más que sensibilidad: habrá perdido el fundamento mismo de su ética.
Este documental es muy duro de ver, sí. Pero más duro será el futuro de una cultura que termine aceptando como normal que la solución al sufrimiento sea eliminar al que sufre. La compasión verdadera no mata. La compasión verdadera acompaña. La compasión verdadera protege. Todo lo demás es propaganda. Y una nación que convierte el asesinato en prestación sanitaria no está avanzando: está retrocediendo moralmente hacia un territorio del que la historia ya nos advirtió. La vida no se negocia. No se administra. No se programa. SE DEFIENDE. SIEMPRE.
Carlos Garcés.
24 de febrero de 2026.
"SENATOR". Carlos Garcés.

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