CUANDO LOS PRINCIPIOS SE NEGOCIAN POR VOTOS: UNA VEZ MÁS, GRACIAS IGNACIO ARSUAGA. Por Carlos Garcés.
He leído las declaraciones de Ignacio Arsuaga, presidente de "Hazte Oír" y, sinceramente, no puedo sino volver a agradecer su valentía.
En estos tiempos de euforia inducida, de lealtades acríticas y de fanatismos políticos donde todo se justifica si viene del “nuestro”, se agradece que alguien recuerde algo esencial: los principios no pueden subordinarse a los votos.
La política no es una religión. Los partidos no son iglesias. Y los líderes no son mesías.
Cuando un partido nace defendiendo unas convicciones muy concretas, la vida, la familia, la libertad educativa, la soberanía nacional, esas convicciones no pueden diluirse estratégicamente en nombre del crecimiento electoral. Porque en el momento en que los principios se convierten en moneda de cambio, dejan de ser principios.
Y entonces ocurre lo inevitable: la gente lo percibe.
Llevo más de ocho años diciendo lo mismo. No se puede pedir confianza absoluta mientras se introducen matices tácticos que alteran el núcleo moral del proyecto. No se puede apelar a la fidelidad inquebrantable mientras se ajusta el discurso para no incomodar.
La fidelidad ciega no es virtud. Es debilidad.
Ignacio Arsuaga ha dicho algo que muchos piensan y pocos se atreven a expresar: si se pierde conexión con los principios fundacionales, se pierden votos. No por traición del electorado, sino por coherencia del votante.
Los votos no son propiedad de ningún partido.
Son un préstamo condicionado a la coherencia.
Y en España estamos padeciendo una enfermedad política muy peligrosa: el mesianismo. Esa idea de que una persona resolverá todos los problemas estructurales del país. Esa fe casi religiosa en que basta con apoyar sin cuestionar.
No.
La crítica honesta fortalece. El silencio cómodo debilita.
Agradezco a Arsuaga que haya vuelto a hablar. No porque coincida tácticamente con cada palabra, sino porque ha introducido algo imprescindible en el debate público: la responsabilidad moral.
Apoyar no significa callar.
Respaldar no significa justificar.
Coincidir no significa idolatrar.
Yo no pertenezco a ningún partido. Llevo más de ocho años defendiendo públicamente la abstención en las votaciones. Y precisamente por eso puedo decirlo con absoluta libertad: si un proyecto político quiere ser alternativa real, debe ser firme en lo esencial, aunque eso tenga coste.
Porque si lo esencial se negocia, todo se vuelve negociable.
En tiempos de ceguera voluntaria o inducida, decir la verdad es un acto de valentía. Y la valentía, hoy, escasea.
Gracias, Ignacio, por recordarlo.

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