LA OBSCENIDAD MORAL DE UNA SOCIEDAD HIPÓCRITA. Por Carlos Garcés.
Vivimos en una sociedad profundamente enferma. No enferma por error, ni por ignorancia, sino por hipocresía moral, que es la peor de todas. Una sociedad capaz de escandalizarse hasta la histeria por una denuncia de abuso sexual —real o supuesta, probada o no— y, al mismo tiempo, permanecer absolutamente indiferente ante el asesinato sistemático de Seres Humanos.
Porque de eso estamos hablando: de asesinatos. No de “interrupciones”, no de “Derechos reproductivos”, no de eufemismos diseñados para anestesiar conciencias. En España se producen 282 abortos diarios. 282 vidas humanas eliminadas cada día, con respaldo legal, político, mediático y social. Y a eso hay que añadir un número indeterminado —pero creciente— de muertes por eutanasia, convenientemente envueltas en palabras como “dignidad” o “muerte dulce”, para que nadie tenga que mirar de frente lo que realmente ocurre.
Y, sin embargo, resulta que una violación —que es un crimen gravísimo, nadie lo discute— está más penada social, política y moralmente que el asesinato de cientos de seres humanos cada día. ¿Cómo es posible esta aberración moral? ¿En qué momento se perdió el norte de forma tan absoluta?
La respuesta es incómoda, pero clara: porque la vida humana ya no vale nada. Vale menos que una ideología, menos que un titular, menos que una consigna, menos que un "Mesías político", menos que una causa rentable. Vale menos que quedar bien en redes sociales.
Aquí no se salva nadie. Ningún partido político. Desde VOX hasta PODEMOS. Unos callan, otros aplauden, otros maquillan, otros miran hacia otro lado. Todos han aceptado el marco mental: el asesinato del no nacido es legal, luego es moral; la eutanasia es legal, luego es compasiva. Y con eso se dan por satisfechos.
Tampoco se salvan las religiones, ni las jerarquías, ni las organizaciones supuestamente humanitarias. Mucha declaración solemne, mucho documento, mucho gesto vacío… y una incapacidad absoluta para provocar un verdadero escándalo moral. Un silencio cómplice que pesa como una losa.
Lo verdaderamente revelador es esto: una denuncia por abuso sexual provoca portadas, debates, condenas inmediatas y linchamientos públicos, incluso antes de que un juez hable. Pero 282 asesinatos diarios no provocan absolutamente nada. Ni una manifestación masiva, ni un minuto de silencio, ni un telediario monográfico, ni una sola pregunta incómoda en el Parlamento.
Eso no es progreso. Eso no es sensibilidad social. Eso es barbarie moral con barniz moderno.
Se ha invertido completamente la escala de valores. Se protege con celo extremo el cuerpo, el deseo y la voluntad del adulto, pero se niega cualquier valor a la vida del más débil, del que no vota, del que no protesta, del que no genera titulares y del que puede quitar votos. Y cuando una sociedad acepta eso, ya no tiene autoridad moral para escandalizarse de nada.
Esta es la verdad incómoda que muchos no quieren oír: una sociedad que normaliza el asesinato diario de seres humanos no es una sociedad avanzada; es una sociedad profundamente deshumanizada. Y cuanto más grita su falsa indignación por otros crímenes, más evidente resulta su podredumbre moral.
Esto no va de izquierdas o derechas. No va de ideologías. Va de conciencia, de humanidad y de decencia. Y hoy, lamentablemente, de eso queda nada.
16 de enero de 2026.

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