LA DIGITALIZACIÓN OBLIGATORIA Y LA DESHUMANIZACIÓN COTIDIANA EN UNA PANADERÍA-CAFETERÍA. Por Carlos Garcés.

 


LA DIGITALIZACIÓN OBLIGATORIA Y LA DESHUMANIZACIÓN COTIDIANA EN UNA PANADERÍA-CAFETERÍA. Por Carlos Garcés.

No escribo estas líneas desde la nostalgia ni desde la resistencia caprichosa al cambio. Las escribo desde la experiencia, desde la coherencia personal y desde una preocupación cada vez más evidente: la sustitución de la relación humana por la gestión algorítmica, y de la libertad de elección por la imposición tecnológica.

Hace unos días presenté una reclamación formal a un establecimiento al que he acudido durante años a desayunar. El motivo era sencillo y, a la vez, profundamente revelador: un sistema de fidelización tradicional, manual, humano y accesible a todos fue eliminado de un día para otro y sustituido por una aplicación móvil obligatoria. El descuento seguía existiendo, sí, pero solo para quien aceptara descargar una app, escanear un código QR y someterse al nuevo ritual digital.

La respuesta que recibí fue educada, correcta y bien redactada. Pero no abordaba el fondo del problema. Porque el problema no es el descuento, ni siquiera la digitalización en sí. El problema es otro, mucho más grave y más profundo.

Cuando la tecnología deja de ser una opción:

Nos dicen que estos sistemas son “voluntarios”. Pero esa voluntariedad es tramposa cuando solo existe una vía posible para acceder a un beneficio que antes era universal. Antes bastaba una tarjeta de cartón y un sello. Hoy hace falta un teléfono inteligente, conexión, aceptación implícita de condiciones digitales y sumisión a un sistema que no todos desean ni necesitan.

Eso no es modernizar: eso es excluir.

Excluir a las personas mayores. Excluir a quienes no quieren vivir con el móvil como una prótesis. Excluir a quienes se resisten, legítimamente, a que cada gesto cotidiano quede registrado, cuantificado y convertido en dato.

La sociedad del código QR:

El código QR se ha convertido en el símbolo perfecto de esta nueva sociedad: impersonal, automática, silenciosamente obligatoria. Ya no se pide, se escanea. Ya no se habla, se acepta. Ya no se confía, se registra.

Todo se convierte en proceso, en flujo, en gestión. El cliente deja de ser una persona para convertirse en un usuario. Y el usuario, en un conjunto de datos potenciales.

Nos dicen que no se recogen datos sensibles. Tal vez. Pero el problema no es solo qué datos se recogen, sino el principio mismo de aceptar que para tomarte un café, acumular un sello o recibir un descuento tengas que pasar por un filtro tecnológico impuesto.

Robotización, idiotización y pérdida de humanidad

La tecnología, cuando sirve al ser humano, es útil. Cuando lo sustituye, lo empobrece. Cuando lo obliga, lo degrada.

Estamos asistiendo a una robotización de la vida cotidiana que no mejora la calidad humana, sino que la reduce. Menos conversación, menos trato personal, menos memoria, menos responsabilidad individual. Todo se delega en una aplicación. Todo se automatiza. Todo se simplifica… menos la vida.

Y lo más preocupante es que esta deriva se presenta como progreso, cuando en realidad es una forma de infantilización social: personas incapaces de desenvolverse sin una pantalla, dependientes de sistemas que no controlan y acostumbradas a obedecer instrucciones sin cuestionarlas.

Coherencia personal:

Conviene añadir un dato que no es menor y que ayuda a entender que este episodio no es un hecho aislado. Hace ya un tiempo, en este mismo establecimiento, se implantó también un sistema de cobro automático, reduciendo el trato directo y sustituyendo una relación personal y humana por un procedimiento mecánico y despersonalizado. En su momento acepté ese cambio como una concesión puntual a la supuesta modernidad. Hoy compruebo que no era una excepción, sino un camino deliberado.

Ante esto, uno solo puede hacer dos cosas: adaptarse sin pensar o actuar con coherencia. Yo he elegido lo segundo.

He expresado por escrito mi desacuerdo con respeto, con argumentos y sin estridencias. He recibido por escrito una respuesta correcta en las formas, pero insuficiente en el fondo. Y, a partir de ahí, he tomado una decisión personal y silenciosa: NO COLABORAR CON AQUELLO QUE CONSIDERO INJUSTO, EXCLUYENTE Y DESHUMANIZADOR.

No es un gesto de rebeldía teatral. Es una forma de coherencia íntima. Porque la verdadera rebeldía hoy no está en gritar, sino en no participar.

Y no participar, en este caso, significa algo muy concreto y muy simple: NO VOLVER A PISAR ESE ESTABLECIMIENTO, perteneciente a una cadena, mientras mantenga este modelo de relación con el cliente. Sin anuncios, sin dramatismos y sin aspavientos. Simplemente, dejar de estar.

Una reflexión final:

No todo lo nuevo es mejor. No todo lo digital es progreso. Y no todo lo que se presenta como comodidad lo es realmente.

Cuando la tecnología elimina opciones, reduce libertades y empobrece el trato humano, deja de ser una herramienta para convertirse en un problema.

Y conviene decirlo. Aunque moleste. Aunque incomode. Aunque no esté de moda.

Porque el día que aceptemos sin rechistar que hasta un simple sello de cartón es sustituido por una aplicación obligatoria, ese día habremos perdido algo más que un descuento: habremos perdido un poco más de nuestra condición humana.

Carlos Garcés.
16 de enero de 2026











"SENATOR". Carlos Garcés.

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