PAGAR POR LA COMPAÑÍA FEMENINA: LA VERDAD QUE NADIE QUIERE ESCUCHAR EN UNA SOCIEDAD ROBOTIZADA. Por Carlos Garcés.



PAGAR POR LA COMPAÑÍA FEMENINA: LA VERDAD QUE NADIE QUIERE ESCUCHAR EN UNA SOCIEDAD ROBOTIZADA. Por Carlos Garcés.

He visto circular por las redes un vídeo que me ha llevado a reflexionar y, finalmente, a escribir este artículo. No para provocar por provocar, sino para decir en voz alta algo que muchos piensan y pocos se atreven a formular.

Vivimos en una época extraña, casi distópica. Una época en la que la sociedad avanza hacia una robotización total: algoritmos que deciden por nosotros, pantallas que sustituyen miradas, protocolos que reemplazan al instinto y consignas que anulan la verdad biológica, emocional y moral. Todo se automatiza, todo se normativiza, todo se deshumaniza. Y, en medio de este paisaje frío, también se han desfigurado profundamente las relaciones entre hombres y mujeres.

No es casualidad que cada vez más hombres opten por pagar por compañía femenina. No es decadencia moral, como algunos repiten desde su púlpito ideológico. Es, en muchos casos, una respuesta racional a un entorno enfermo. Cuando la relación natural entre los sexos se convierte en un campo minado de reproches, sospechas, ingeniería social y conflicto permanente, la huida deja de ser cobardía y pasa a ser instinto de supervivencia emocional.

La mujer, en gran medida, ha dejado de ser mujer. No sólo porque así lo haya decidido libremente cada una de ellas, sino porque el sistema la ha empujado a renunciar a su propia naturaleza. Se le ha dicho que la feminidad es debilidad, que la ternura es sumisión, que la complementariedad con el hombre es opresión y que el enfrentamiento constante es emancipación. El resultado no es una mujer más libre, sino una mujer endurecida, desconfiada, masculinizada en lo peor y, paradójicamente, más sola.

Al mismo tiempo, al hombre se le exige que renuncie a lo que es, que pida perdón por existir, que calle, que pague, que se adapte y que acepte reglas cambiantes bajo amenaza permanente. Hoy es suficiente; mañana es tóxico. Hoy cumple; mañana debe disculparse. En este contexto, ¿qué sentido tiene hablar de relaciones sanas y libres?

La robotización no es solo tecnológica. Es emocional, moral y afectiva. Las relaciones se gestionan como contratos opacos, con cláusulas ocultas, sanciones retroactivas y culpabilidad automática. Frente a este caos emocional, el acuerdo explícito, pagar por compañía femenina, aparece casi como un acto de lucidez. No hay ideología, no hay consignas, no hay reproches futuros. Solo un intercambio claro entre adultos que saben exactamente qué dan y qué reciben.

Conviene decirlo sin rodeos, aquí no se habla de amor. El amor no se compra ni se vende. Lo que se compra, en estos casos, es honestidad. Tiempo delimitado, expectativas claras, ausencia de engaño. Nada de promesas que no se piensan cumplir. Nada de proyectos ficticios. Nada de guerras silenciosas.

La hipocresía social es monumental. Se aplaude al hombre que gasta fortunas en citas, regalos y viajes “por amor”, aunque termine emocionalmente devastado, pero se demoniza al que decide ir al grano y pagar directamente por lo que busca. Como si en el primer caso no existiera también un intercambio económico. La diferencia es solo una: uno es explícito y el otro se disfraza de romanticismo.

El hombre que paga por compañía femenina no compra amor, ni fidelidad, ni eternidad. Compra claridad. Sale igual que entra, sin deudas emocionales, sin reproches futuros, sin culpa inducida. En una sociedad donde todo es manipulación emocional, esa claridad resulta casi subversiva.

Se dirá que esto es frío, mecánico, inhumano. Pero lo verdaderamente inhumano es convertir el amor en una trampa, el deseo en un arma y la convivencia en una lucha de poder. Lo verdaderamente inhumano es negar la diferencia natural entre hombre y mujer en nombre de una igualdad artificial que no hace felices ni a unos ni a otras.

Quizá por eso muchos hombres no buscan ya amor, sino silencio, respeto y ausencia de juicio. Buscan un espacio donde no tengan que justificarse ni pedir perdón por ser lo que son. No es que hayan dejado de creer en la mujer. Es que el sistema ha destruido a la mujer como referencia, del mismo modo que ha vaciado al hombre de autoridad y sentido.

Cuando desaparecen los referentes, solo quedan dos opciones: la soledad elegida o la transacción honesta. Y en un mundo profundamente deshonesto, la honestidad, aunque sea incómoda, se convierte en un acto de rebeldía.

Aunque es improbable, tal vez algún día esta sociedad robotizada colapse bajo el peso de sus propias contradicciones y vuelva a mirar al hombre y a la mujer como lo que siempre fueron: distintos, complementarios, necesarios. Mientras tanto, muchos seguirán eligiendo la claridad frente al autoengaño.

Porque cuando todo se deshumaniza, decir la verdad, aunque nadie quiera escucharla, es una forma de dignidad.

En lo personal, escribir estas líneas es una forma de expresar con claridad reflexiones fruto de la observación y la experiencia vital. No busco aprobación ni aplausos, sino sinceridad. He visto y vivido demasiado para callarme ante lo evidente: la sociedad se ha vuelto fría, los códigos se han roto y la honestidad se ha convertido en un lujo.

Al optar por la claridad y reconocer que, en determinados contextos, pagar por compañía femenina puede resultar más honesto que tantas simulaciones románticas, no se renuncia al amor, sino que se defiende la integridad del corazón frente a la hipocresía social.

Escribir esto me recuerda que vivir con verdad, aunque incomode, sigue siendo un acto de libertad. Y esa libertad, más que cualquier otro bien, es la que nos mantiene humanos en medio de un mundo podrido que intenta robotizarnos.

Nada de lo aquí expuesto pretende presentarse como un ideal humano, moral o cristiano, sino como el retrato de una sociedad que ha destruido las condiciones necesarias para que el amor verdadero pueda existir.


Carlos Garcés.
27 de diciembre de 2025.











"SENATOR". Carlos Garcés.

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