LA NAVIDAD NO SE IMPROVISA NI SE ADELANTA. LA NAVIDAD SE ESPERA. Por Carlos Garcés.
Durante siglos, y no hablo solo de fe, sino de civilización, el tiempo tenía sentido. Cada cosa ocupaba su lugar. Primero venía el recuerdo de los que ya no están, luego el Adviento, tiempo de preparación interior, de silencio, de espera… y solo después, cuando llega la Nochebuena, entonces sí: la celebración.
Hoy todo eso se ha roto.
Vivimos inmersos en una sociedad robotizada, dominada por la prisa, la inmediatez y la lógica de la máquina. Las nuevas tecnologías, en lugar de ayudarnos a vivir mejor el tiempo, nos han acostumbrado a adelantarlo todo, a consumirlo antes de que exista, a reaccionar de forma automática, casi mecánica.
Se quiere celebrar sin esperar, consumir sin reflexionar, felicitar sin que exista aún aquello que se felicita. Se confunde preparación con celebración, y el resultado es una Navidad agotada antes de nacer, vaciada de sentido, reducida a un decorado repetido, programado y sin alma.
Felicitar la Navidad días o semanas antes no es un gesto inocente, es despojarla de su significado. Es convertirla en un mensaje automático más, en una consigna lanzada por inercia, sin emoción real, sin conciencia, sin verdad.
No es lo mismo decir:
“Que viváis un buen Adviento”
que decir:
“Feliz Navidad” cuando aún no lo es.
La primera frase respeta el tiempo y la condición humana.
La segunda responde a una lógica mecánica, apresurada, casi robótica.
Engalanar las calles antes de Todos los Santos, por ejemplo, adelantar la música, los mensajes y los rituales, no nos hace más modernos ni más felices. Nos hace más impacientes, más previsibles y, sobre todo, más superficiales. Nos aleja del silencio, de la espera y de la profundidad que toda celebración auténtica exige.
La Navidad no necesita prisas.
No necesita algoritmos ni automatismos.
NECESITA ALMA.
Por eso sigo creyendo, y practicando, que la Navidad se felicita cuando llega, en Nochebuena y durante los días que le pertenecen. No antes. No por costumbre. No por presión social ni por reflejos digitales.
Esperar no es perder el tiempo.
ESPERAR ES REBELARSE a la deshumanización.
ESPERAR ES DAR VALOR A LO QUE LLEGA.
Y quizá, si recuperáramos el sentido de la espera, en un mundo que ya funciona como una máquina sin pausa, la Navidad volvería a ser lo que fue: un acontecimiento humano y espiritual, no un simple decorado programado con semanas de antelación.

Comentarios
Publicar un comentario