EUROPA: LA SANGRE OLVIDADA Y LA MANTEQUILLA DEL PRESENTE. Por Carlos Garcés.


EUROPA: LA SANGRE OLVIDADA Y LA MANTEQUILLA DEL PRESENTE. Por Carlos Garcés.

Viajar por Europa no es solo desplazarse por el espacio; es caminar sobre capas de tiempo. Cada ciudad, cada pueblo, cada camino antiguo y cada cementerio —civil o militar— nos recuerdan una verdad incómoda que hoy muchos prefieren ignorar: esta Europa en la que vivimos no nació del confort, ni del bienestar, ni de los derechos redactados en despachos. Nació de la sangre.

Cuando recorro cementerios, cuando leo fechas grabadas en piedra —1914, 1939, 1944— no puedo evitar sentir un nudo en el alma. Millones de hombres, jóvenes y no tan jóvenes, dejaron su vida en campos, playas, bosques y ciudades arrasadas. No murieron por capricho ni por comodidad. Murieron por ideales: libertad, justicia, dignidad humana. Ideales profundamente enraizados en una visión cristiana del ser humano, no como engranaje del poder, sino como persona libre, responsable y dotada de conciencia.

Y no hablo aquí de religión institucional ni de dogmas. Hablo de valores. De una cultura moral que entendía que hay cosas por las que merece la pena vivir… y, llegado el caso, morir. Esa herencia fue la que hizo posible que Europa se levantara de sus ruinas, reconstruyera sus naciones y defendiera durante décadas una idea clara de civilización.

Cada vez que viajo, cada vez que recorro lugares donde en épocas antiguas y contemporáneas se libraron batallas decisivas, pienso en ello. Pienso en la vida como valor superior. Pienso en esos principios que nos hicieron libres en el siglo pasado. Y cuando visito cementerios, cuando camino entre sus lápidas y sus silencios, no puedo dejar de pensar en la magnitud del sacrificio: cientos de miles, millones de personas que dieron su vida para que otros pudieran vivir en libertad.

Sin embargo, algo se ha roto.

En las últimas décadas, los herederos de esa libertad han demostrado no estar a la altura del sacrificio recibido. Han vivido como si la libertad fuese automática, irreversible, garantizada para siempre. Han dejado caer, uno a uno, los principios que los hicieron libres, no por error, sino por comodidad; no por ignorancia, sino por cobardía.

Europa ha ido abandonando esos valores cristianos —insisto, valores, no religión— que la sustentaban, hasta llegar a la Europa de hoy: una Europa que se rinde sin resistencia ante una agenda ideológica global, ante la llamada Agenda 2030, asumida no como un proyecto debatible, sino como un dogma incuestionable. Una rendición silenciosa, burocrática, casi vergonzante.

Defender hoy la vida ya no es un consenso moral, sino un acto señalado. Defender la libertad ya no significa proteger al individuo frente al poder, sino someterse dócilmente a él. Defender la justicia ya no es dar a cada uno lo suyo, sino repetir consignas para no ser expulsado del rebaño.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

¿qué pensarían aquellos que derramaron su sangre si vieran en qué hemos convertido su sacrificio?

Hemos construido una sociedad blanda, una sociedad de mantequilla. Incapaz de soportar el sacrificio, alérgica al esfuerzo, enemiga de la verdad incómoda. Una sociedad que no rinde homenaje a quienes la hicieron libre, sino que los juzga desde la comodidad del presente. Una sociedad que firma antes de defender, obedece antes de pensar y se arrodilla antes de resistir.

Defender hoy principios firmes no es nostalgia ni extremismo. Es lealtad. Lealtad a quienes dieron su vida. Lealtad a una civilización que entendía que sin valores no hay libertad y que sin sacrificio no hay futuro.

Olvidar esa sangre derramada no nos hace más modernos.

Nos hace indignos de la libertad heredada.

Y una Europa que desprecia su memoria, que reniega de los valores que la levantaron y que se entrega dócilmente a una nueva moral impuesta, no solo traiciona a sus muertos: se condena a sí misma.

Carlos Garcés.
20 de diciembre de 2025.










"SENATOR". Carlos Garcés.

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